PAISAJE ARRASADO

Quienes comparan a los emisarios de Rajoy con el relator de Sánchez obvian interesadamente que los primeros portaban un mensaje mientras que el segundo era el mensaje. La mesa de partidos era una imposición de los independentistas para otorgarle al presidente una prórroga en el poder. Sin más.

No hay graves dilemas de Estado sino una degradante transacción política. El objetivo del relator jamás fue la mediación sino la exhibición, de ahí la victoria inapelable de un Carles Puigdemont al que ahora sólo le queda decidir qué es lo que hace más daño a España: si humillar a su presidente o sostener a un presidente humillante.

Cualquiera sabía el pasado 1 de junio lo que significaba mantenerse como presidente de España sobre los hombros de quienes trabajan para destruirla. Pero Sánchez quiere ser presidente -¡vaya que quiere serlo!- y las elecciones no se lo permitirían, así que solo le queda la deshonrosa salida de comportarse como un agente paraestatal. En esto también es pionero, es el primer presidente que se desmarca del Estado y remonta río arriba la molestísima corriente de las instituciones.

Los barones del PSOE se han levantado porque al fin han comprendido la enseñanza esencial del sanchismo: que el de Sánchez es un proyecto únicamente personal y le da igual dejar un paisaje arrasado mientras pueda admirarlo a través de la ventanilla del Falcon. De ahí que cualquier rectificación sea de todo menos sorprendente. Para alcanzar el poder tuvo que romper el frente constitucional, para conservarlo durante unos meses ha reducido el PSOE a cenizas.

El error más habitual es juzgar a Sánchez como si fuera uno más, cuando se trata de una pura anomalía histórica. Hasta en los socialistas más marginados y anacrónicos, aquellos a los que se aferran los socialdemócratas nostálgicos y una parte de la derecha para seguir creyendo que existe otro PSOE, ha latido siempre un llamativo patriotismo de partido.

onde un Redondo Terreros guarda una profunda melancolía, Sánchez alberga un trauma inextinguible. No hay afecto ni lealtad por las siglas sino más bien lo contrario y por eso Page o Lambán perdían el tiempo cuando apelaban a la clemencia del secretario general para no ser pulverizados en mayo. Está soltando lastre. Que vivan las lastras.

Los socialistas centrípetos solían decir que el PSC era una piedra atada al cuello del PSOE. Pedro Sánchez ha solucionado ese problema. Ahora es el PSOE la piedra atada al cuello del PSC. Y la carga se está aligerando.

Rafa Latorre ( El Mundo )