EL MAR

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EL MAR

El mar sin tiempo y sin espacio nos acaricia con sus olas comprensivas.
Su soledad es tan inmensa que se confunde con sus aguas infinitas.

Nadie lo habita, ni lo surca; nadie lo llama, ni lo escucha, ni lo mira.
Vive desnudo como el alma, con su profunda inmensidad por compañía.

Francisco Luis Bernárdez

Feliz tarde.:))

One Comment

  • xcraterh19

    31/07/2017 at 11:44

    Aquel mar era un océano, y nunca comprendí los diferentes nombres que se le daban. Terminaba el verano, estaba en un campamento paramilitar, estaba al frente de una pequeña unidad, un pelotón y cierto es que echaba de menos las montañas, prefería el frío al calor y la carencia de vistas de los montes provocaba mi desosiego.

    Sin embargo, una noche después de que todo el pelotón estuviera en sus tiendas e informado a los superiores de que todo en orden, los seis jefes de pelotón nos fuimos a la playa cercana, esta playa era una cala, a ambos lados formación rocosa y eso solo nos permitía ver un corto espacio de océano, el Atlántico para más detalle, estábamos cerca de la frontera sur con Portugal.

    En la playa habíamos construido sombras con ramas secas de todo tipo, y allí nos sentamos, y allí fui objeto de burla por mi nostalgia de las montañas, y cierta burla en la comparativa con el mar.
    Yo no miraba al océano, les daba la espalda, miraba a los delgados pinos que emergían de la arena, algo impensable para mí, ignoraba que clase de pino era, sin embargo si me llegaba su aroma de vez en cuando.

    Y una exclamación en grupo hizo que me volviera, el océano casi en calma tenía reflejos brillantes, como si algo fuera coloreando la superficie y luego coloreaba las pequeñas olas que rompían en la playa.

    Quedé turbado, por un momento pesé que el océano vestía sus mejores galas al sentir mi desprecio, y unos días después, el pescadero que cada dos días llevaba pescado a los cocineros le pregunté, me dijo que se debía a marejada de fondo, y el océano se había removido y que las raspas de los pescados y demás eran fluorescentes.

    Esa explicación no me convenció, recordé a Julio Verne en su viaje de 20.000 leguas, las llamó mareas blancas, y cuando volví a casa investigué, dinoflagelados son los autores de efecto tan mágico en el océano.

    Aquella madrugada escribía despacio, miraba ese brillo sin haber perdido esa sensación desestabilizadora, que me mostraba la incultura manifiesta en que me encontraba, ignoraba todo del mar.
    Meses después me di cuenta que esa sensación que sentí al descubrir esa maravilla, me hizo preguntarme si fue debido a que sintió mi rechazo, mi resentimiento hacia él, el océano atlántico, mar tenebroso llamado por los romanos.

    Forma parte del bagaje que llevo en mi viaje por la vida.

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