El ministro Salvador Illa se despide hoy de Sanidad para encabezar la lista del PSC a las elecciones catalanas con la pandemia descontrolada en España, sin haber comparecido en el Congreso desde que se reinstauró el estado de alarma, y con las autonomías desprotegidas e indefensas ante la inoperancia del Gobierno para resolver la creciente dificultad de recibir vacunas.

Illa fue despedido del Congreso prácticamente a bastonazos por parte de todos los grupos parlamentarios, incluido Podemos, su socio de gobierno, por huir en pleno pico de contagios de la tercera ola, y cuando media docena de autonomías superan ya las dramáticas cifras de marzo o abril. Es una fuga por conveniencia electoral con la que Illa desprecia al Parlamento y retrata su falta de ética política en la gestión de una crisis de esta magnitud.

El panorama es muy desolador. Madrid ve imposible cumplir el calendario de vacunación por la sencilla razón de que el Gobierno es incapaz de explicar los retrasos y la disminución drástica de distribución de dosis. De hecho, en todas las comunidades queda el remanente justo para cumplir como mucho con la segunda dosis de aquellos ciudadanos vacunados dos semanas atrás.

Pero nada más. A su vez, Galicia decretó el cierre de todos sus municipios con medidas extremas de restricción de movimientos, aislamiento social y controles hospitalarios. La Comunidad Valenciana admitió abiertamente que la pandemia está fuera de control, y contabilizó ya más muertes, más ingresos médicos, y más diagnósticos de positivos que en la primera fase de la enfermedad.

Extremadura y Murcia rebasan ya con creces la tasa de mil contagios por cada 100.000 habitantes, superando hasta límites muy peligrosos los 200 que recomienda la OMS para decretar un confinamiento estricto. Y Andalucía se situó en 911, al límite de esos mil casos.

Y todo ello, mientras la Unión Europea dibujaba en un mapa rojo la gravedad de la evolución de la epidemia en España: primero, recomendando confinamientos en aquellos lugares donde se produzcan más de 500 casos por cada 100.000 habitantes, lo que afecta a todo el país excepto a Asturias, Canarias, País Vasco y Navarra; y segundo, estableciendo un cierre fáctico de fronteras para evitar más dispersión vírica.

Illa se va cuando de nuevo España se encuentra a ciegas, dejando tras de sí una gestión nefasta, sin admitir que ya han fallecido unas 80.000 personas, con un portavoz achicharrado como Fernando Simón, y abandonando a las autonomías a su suerte a cuenta de una «cogobernanza» fallida.

Peor aún, el candidato socialista se despide acompañado de un continuado acto de propaganda electoralista de varios días. Comenzó el viernes, cuando Miquel Iceta anunció que Illa saldría hoy del Consejo de Ministros; continuó el sábado durante el Comité Federal del PSOE, convertido en un mitin triunfalista y no en un órgano de debate del partido; y siguió ayer con la demagógica visita de Illa junto a Pedro Sánchez y a su previsible sustituta, Carolina Darias, a la Agencia Española del Medicamento, precisamente el día en que se agotan las vacunas y crecen las críticas desde todas las autonomías.

Con Illa de campaña -es el único candidato que tiene objetivamente en su mano aplazar los comicios catalanes-, y con Sánchez desaparecido ante la oposición y ante la prensa, ya no hay lugar para la fiscalización parlamentaria de su gestión.

Ambos huyen como si permanecer bajo un estado de alarma, otra vez con más de 400 muertes diarias, fuese un indicativo de normalidad democrática. Y no lo es en absoluto.

ABC