PANTALLAS EN LA PLAYA

El título puede hacerles pensar que se trata de una (insoportable) canción del verano, para cuya letra cualquier palabra que rime en consonante con «playa» da el avío: «Cuando vayas a la playa/ no te olvides la toalla», «Vaya, vaya, aquí no hay playa» o «Cuando vuelva de la playa/ tenme asada la caballa». Con su piriñaca. Para no ser menos que el letrista de Georgie Dann, yo también escribiría una canción del verano con esa rima.

Quizás este propio texto sea una canción del verano en forma de artículo, y con su obligada rima consonante de «playa». ¿Saben por qué? Porque cada día me aburre más escribir de política. Lees un artículo y dice lo mismo que el otro, porque ambos autores han bebido de la misma fuente.

A esto a la política, de la preocupante política en la que nos estamos jugando a España a los dados, que si investidura el 22 para arriba e investidura el 22 para abajo, le pasa como a la fuente de Carmona en el polo de Tobalo: que tiene catorce o quince caños, de los que todos beben y, por tanto, dicen lo mismo.

Y qué bonito es ir por libre, sin las ataduras de la política y de las investiduras de los caraduras en funciones, cuando se pone uno a escribir sobre un asunto que le entretiene y que, por tanto, ha de hacer pasar un buen rato, por rarito e inusual, a los lectores.

Pero íbamos por mi canción del verano en forma de artículo. Su estribillo dice: «Vaya, vaya, no hay cojones de ver la pantalla del teléfono móvil en la playa». El solazo playero hace imposible que veas en la pantalla de tu teléfono inteligente quién te llama, o qué tripa se le ha roto a ese medio informativo que te manda un breve globo con el anticipo de una noticia. Sólo el titular, claro. Ya casi no hay lectores de periódicos: hay lectores de sólo titulares en el teléfono móvil… que encima se creen que con eso han leído ya el periódico.

No sé cómo esas estrellas refulgentes de las nuevas tecnologías del Silicon Valley, esos sabios de Corea del Sur, esos investigadores japoneses de la bata blanca, cómo todos los grandes gurús de la telefonía móvil, no han logrado lo que nos da por saco cada año, sin que nadie le haya encontrado la solución: que en la playa, con todo el solazo, no hay manera de ver la pantalla del teléfono móvil.

Esos señores de Huawei saldrían de sus cuitas si se dedicaran a conseguir algo tan simple cómo que en la playa puedas marcar un número que tienes en la agenda del teléfono inteligente. ¿Inteligente? Será inteligente en cualquier otra parte del globo terráqueo o en otra del año estación florida, porque en la playa, hijo, bajo la cegadora claridad del sol veraniego, son los más torpes del mundo.

Y, encima, nos hacen sentir más torpes a nosotros. Cuando nos suena el teléfono al lado de la mar salada, le ponemos la mano encima, como cuando marcamos el PIN en un cajero automático, para ver si hacemos sombra suficiente como para ver en la pantalla anulada por el sol quién nos llama. O nos metemos debajo de la sombrilla, a ver si allí se puede ver algo, o al menos ver el teclado para llamar a casa y decir que vayan preparando el gazpacho fresquito, que ya vamos para allá.

No hay forma. Metes el teléfono debajo del sombrero, como si estuviera durmiendo una siesta hamaquera, y nada. Te echas una toalla de baño por la cabeza y haces una especie de jaima para ver si allí dentro puedes ver algo de la pantalla del teléfono y nequaquam.

Que traducido del latín resulta: que si quieres arroz, Catalina. No hay manera de manejar en condiciones en la playa un teléfono inteligente que, encima, nos ha costado carísimo. ¿Es que los señores Nokia, Samsumg o Apple piensan sólo en los climas nórdicos, sombríos y tristes, y se han olvidado del sol de España que embotelló Pérez Solero en media de Tío Pepe? Porque no creo que sea una conjura internacional de los países nórdicos, sombríos, tristes y ricos contra el alegre sol de esta España tan en peligro con Sánchez.

Antonio Burgos ( ABC )