Lo acaba de decir el abuelito Soros en una entrevista: «Aquello que en una situación de normalidad sería inconcebible, no sólo se vuelve posible, sino que de hecho ocurre cuando la gente está desorientada y asustada».

Y pocas personas conocen mejor las reacciones de la gente asustada y desorientada que el abuelito Soros, que -como él mismo reconoce en la misma entrevista- amasó su inmensa fortuna estudiando la «compleja relación entre el pensamiento y la realidad»; es decir, sirviéndose de los efectos de la ansiedad y el pánico, que permiten a los especuladores pescar en río revuelto.

A cambiar esta «compleja realidad» se dedican los caniches al servicio del abuelito Soros y demás compañeros mártires de la plutocracia, que aprovechan el pánico de los españoles para un experimento de biopolítica sin precedentes, mientras nos convierten en chatarra humana.

El pánico -como nos enseña Freud- es el más poderoso disolvente de los vínculos comunitarios; pues la gente «desorientada y asustada» busca a la desesperada su propia salvación, dejándose apacentar por cualquier demagogo.

La biopolítica actúa sobre estas personas «desorientadas y asustadas» mediante «técnicas de gestión» de su conducta que permiten gobernar su vida por entero, actuando sobre las relaciones que establecen, sobre los espacios que habitan, incluso sobre sus capacidades, pensamientos y afectos personales.

La biopolítica convierte a sus sometidos en peleles cuyo pánico puede ser empleado para inducir nuevas experiencias, movilizar nuevos deseos y azuzar las conductas más lacayas o despreciables, convirtiéndolos incluso en vigilantes o perros de presa de su prójimo.

Aprovechando el pánico generado por la plaga coronavírica, los caniches de la plutocracia que nos gobiernan han logrado, por ejemplo, que los españoles vayan con bozal por la calle, a la vez que los animan a participar en el llamado «ocio nocturno» (o sea, putiferio y borrachería), donde pueden frotarse entre sí, bien sudaditos y babeantes.

También han prohibido que la gente fume en la calle, y mañana podrán prohibir si así se les ocurre que los peleles nos tiremos pedos en lugares abiertos, o que hablemos en voz alta; pero, al mismo tiempo, nos dejan magnánimamente utilizar Tinder y demás aplicaciones de prostitución low cost que nos permiten intercambiar flujos y virus a porrillo.

Y, además, los peleles que disfruten del «ocio nocturno» y de Tinder podrán erigirse en denunciantes del malvado que fuma en la calle o se aparta la mascarilla de la boca, aunque sólo sea un segundo, por no perecer asfixiado. Y, naturalmente, la biopolítica, aprovechando la desorientación y el susto de los peleles, podrá deslizarse hasta lo más íntimo de nuestra subjetividad, haciéndonos creer que la vacuna rusa contra el coronavirus es un fiasco, mientras nos preparan la vacunita fetén que interesa a la plutocracia, así sea un placebo, un cóctel de fetos triturados o una menestra de nanobots para monitorizarnos a tiempo completo.

Y, por supuesto, a los peleles se les pueden escamotear, día tras día y sin que rechisten, las cifras reales de contagio y mortandad causadas por la plaga, así como las auténticas causas de la propagación del virus, mientras disfrutan como enanos del «ocio nocturno» y de sus aplicaciones de prostitución low cost, sin descuidar la denuncia de los fumadores insolidarios.

La biopolítica, en fin, altera la realidad a su antojo, mientras los peleles asustados acatan las mentiras más burdas, las arbitrariedades más desquiciadas, las contradicciones más aberrantes, atenazados por el miedo. Y vivir con miedo -como nos enseña Rutger Hauer en Blade Runner- significa ser un esclavo.

Bienvenidos, españolitos, a la nueva esclavitud de la biopolítica. Pero sarna con gusto no pica.

Juan Manuel de Prada ( ABC )