Ni al frentepopulismo ni a los vecinos exteriores con intereses opuestos a los nuestros les conviene una España dotada de una sólida base de orden interno y seguridad exterior, como pueden ser la armonía religiosa y política, la indiscutible unidad nacional y la gloria y fuerza militar.

Ambos enemigos rechazan toda política capaz de contrarrestar los riesgos de unas instituciones desleales y venales, es decir, maleables, y de unos adversarios extranjeros envalentonados por la endeblez patria, postración que exhiben a propósito nuestros dirigentes para mostrar a los enemigos nuestra debilidad, algo del gusto de quienes nos odian o recelan de la insigne historia patria.

Franco, modelo de patriota y uno de los más brillantes estadistas y militares de los últimos siglos, además de resolver los consustanciales conflictos que, desde finales del siglo XVIII, al menos, viene generando nuestro sistema de gobierno y nuestras elites, siempre aconsejó a los españoles que jamás decayeran en la prioritaria misión de aislar a sus antagonistas, porque ellos son la lacra sectaria que impide secularmente el progreso de España.

En estos tiempos en que se imponen de nuevo las peores doctrinas de Maquiavelo en el quehacer político, nadie, aquí y ahora, entre la oligarquía, parece atenerse al deseo de Franco, ni quiere entender que, seguir negando los excelentes resultados conseguidos por el franquismo y desperdiciar por tanto aquellos logros suyos aún vigentes, lejos de conllevar pedigrí democrático, constituye un ejercicio de cobardía, resentimiento o ceguera.

Nadie, con poder ejecutivo, y muy pocos, con influencia intelectual, tienen hoy ese patriotismo y ese ánimo de los espíritus selectos que, libres de prejuicios, aúnan idealismo y pragmatismo para formar una amplia y generosa corriente regeneradora capaz de fulminar a las sectas que carcomen a España.

Anteponiendo siempre los intereses del Estado, Franco entendió el alma de nuestra patria y realizó inapreciables identidades de tradición, de estructura política, de actitud religiosa, disparó el comercio y la industria y mostró una fructífera estrategia diplomática en una época desventajosa e intrincada, que a muchos hubiera resultado insuperable.

Todo ello, además de componer una clase media vasta y poderosa. Pero hacer de nuestra patria una nación con voz y personalidad propia es algo que sus adversarios temen y no pueden permitir. Los manejos de todos ellos, interiores y exteriores, con los que se arriesgaba la unidad nacional, se pusieron en marcha ya antes de la muerte del Caudillo, cada día más descarados y dañinos, con una clase financiera apátrida y apegada a su dios, el dinero.

Si Franco en su lecho de muerte había aconsejado, de manera inequívoca, no bajar la guardia frente al Mal, precisando su composición y los medios de que se valía, quienes heredaron su poder en las instituciones no estuvieron a la altura del momento histórico y, en pocos meses, por distintos motivos cada uno de ellos, abandonaron sus responsabilidades, iniciándose así la decadencia que ahora padecemos, que va paralela a la arrogancia que muestran nuestros enemigos seculares.

Tras su muerte se creó una situación expectante e insatisfactoria para la oligarquía y, tratando de reconducirla, se dio comienzo a una política de intrigas y de suspicacias entre las distintas familias o tendencias políticas, a espaldas siempre del pueblo. Esta tiranía escondida, ejercida sin cesar durante cerca de medio siglo, hizo de los españoles unos ciudadanos ajenos a la cosa pública, deslumbrados por el hedonismo, indiferentes ante las cadenas con que les iban aherrojando.

No se sintieron perseguidos ni engañados por el espectro monárquico, por la voracidad financiera de la clase guapa ni por la codiciosa corrupción de los políticos de turno, con especial foco en las izquierdas resentidas, delictivas por naturaleza y, sumidos en su desinterés e insensibilidad, no se acostumbraron a ver en las elites que asaltaban las instituciones ni en el soberano que lo permitía unos enemigos a quienes combatir.

Desde entonces al fecundo franquismo lo sustituyó un programa rapaz, de cohecho, de pura y simple depredación, no tratándose ya sino de borrar la autoridad emanada de aquella doctrina y de limitar lo más posible la figura del Rey y la acción institucional de los órganos de gobierno.

El prestigio de las leyes decayó. La libertad cívica no se concibió como el goce apacible de los derechos adquiridos, sino como una perpetua lucha contra aquellos que los amenazaban. Fue, en suma, una revolución social y moral que tuvo las más funestas consecuencias para los ulteriores destinos de España.

Y de este modo hemos llegado hasta aquí. Y si resulta consecuente que todos los enemigos de la Patria pacten entre ellos para acceder al poder y conservarlo, sorprende por el contrario que los patriotas sean incapaces de hacerlo entre ellos.

Por eso, el foco hay que ponerlo en abrir los ojos a una sociedad dormida, huérfana además de autoridad regia, desprotegida por la cultura, agredida por el Estado, abandonada por la Iglesia, quebrantadas sus raíces simbólicas, tradicionales y familiares, y desprovista de religiosidad.

Para lo cual se necesita una oposición civil fuerte y unificada, con uno o varios líderes de consenso, intelectual y moralmente prestigiosos, comprometida a difundir continuamente comunicados críticos desenmascaradores del Sistema y de su tenebrosa realidad. Y que transmita, con claridad y firmeza, el derecho a negar obediencia al Gobierno, enfrentándose a él en caso de violación de la Carta constitucional, algo que sucede día a día.

Porque, como aviso de navegantes, ya es hora de comunicar a un pueblo ignorante de ello que, en la práctica, nos hallamos envueltos en otra guerra civil, incruenta, de momento, con dos facciones minoritarias litigantes: patriotas y antipatriotas.

Y que esta última, aparte de contar con apoyos extranjeros -pues siempre los antiespañoles se alían con los enemigos de la patria-, domina las instituciones, la calle y la propaganda, y tiene secuestrada a la voluntad popular mediante la cultura del desmerecimiento.

El bando patriota, por el contrario, no tiene otro poder que el que le concede la Razón. Pero con la Razón como fuerza se puede conseguir todo. Es cuestión de hallar una autoridad que unifique e impulse, con clarividente espíritu regenerador, los múltiples y justos y cotidianos fundamentos que la integran.

Sin olvidar, por supuesto, que la victoria ha de lograrse en los dos frentes: interior y exterior.

Jesús Aguilar Marina