PARA PABLO Y ALBERTO

Queridos Pablo y Alberto:  Sé que estáis hastiados del «régimen del 78», la espantosa democracia de la casta que trajeron el Rey Juan Carlos y Adolfo Suárez y que tanta desigualdad y represión ha causado. Vosotros lucháis por derribar ese modelo retrógrado para arribar a una España igualitaria, social, confederal y republicana, donde la unidad nacional valdrá menos que una colilla y donde acabaremos por fin con los ricos para lograr el exitazo de ser «todas» más pobres.

Ambos sois hijos de funcionarios del Estado, que llevaron vidas buenas y cómodas. Ambos estudiasteis en universidades públicas que sufragamos «todas» con nuestros impuestos. Lo poquísimo que habéis currado fuera de la política fue en esos centros universitarios, también a costa del erario público. Curioso, pues sabido es que vivimos en un país dominado por una oligarquía extractiva que ha desmantelado lo estatal.

En la abominable democracia española podéis decir lo que os plazca, como todo el mundo. Incluso se os permite abogar por destruir los derechos constitucionales que hemos aprobado los españoles, porque resulta que nuestro tóxico modelo político consagra la libertad de expresión (el de Maduro no sé, ya me contaréis…).

En la execrable democracia española, vosotros, nuestros «jóvenes» líderes comunistas de 33 y 40 tacos, vivís como pachás. Tú, Albertiño, diste un recital de adicción al boato burgués con tu bodorrio del verano de 2017: banquete épico en Bodegas Riojanas y un mes de luna de miel en Nueva Zelanda, «como cualquier español», según explicaste con jeta de hormigón armado. Y tú, Pabliño, eres el legendario Robin Hood que quieres sablear las nóminas de los que curramos de sol a sol mientras la gozas en tu chaletazo serrano con escolta de la Benemérita a la puerta.

Maduro, que se inventó un Parlamento de cartón-piedra cuando perdió la mayoría en el de verdad, no. Los venezolanos pasan mucha hambre. La luz eléctrica es un bingo. Sufren una inflación de récord Guinness y una dolarización que deja a los humildes sin alimentos. La vida humana es calderilla, porque la violencia campa desatada. Los hospitales carecen de medicamentos y, a veces, de luz.

Los enfermos se consumen en sus casas hasta morir. Querido Pablo, tus mellizos prematuros, que gracias a Dios fueron salvados por esa sanidad pública española que asegurabas que había sido «desmantelada», ya no estarían con nosotros de haber sido venezolanos.

Esa es la tremenda realidad que hace que -y siento decirlo- me parezca asqueroso que salgáis en defensa de una dictadura que ha convertido un país rico en un infierno y una cárcel. Una vergüenza vuestra doble moral, camaradas. Si estuviese viva Rosa Luxemburgo os correría a gorrazos, por pícaros y por desalmados.

Luis Ventoso ( ABC )