¿ PARA QUÉ ?

Si lo reflexionamos un instante, no tiene demasiado sentido que en las sociedades abiertas existan televisiones del Estado, del mismo modo que ya no se conciben los periódicos de propiedad estatal, anacronismo que solo pervive en rancias dictaduras tipo Cuba, pues esos diarios son aparatos de propaganda. Lógicamente, en las democracias occidentales tampoco contamos con editoriales comerciales del Estado, ni clubes de fútbol, buscadores de internet o empresas de videojuegos de la Administración.

¿Por qué siguen existiendo entonces los canales públicos de televisión? La primera justificación que se invoca es que constituyen «un servicio público». Suena bien. Pero, ¿cuál es ese «servicio»? ¿En qué se sustancia tan elevada vitola? ¿Qué aporta en concreto la televisión estatal que no pueda encontrarse en la inabarcable oferta de las cadenas y plataformas privadas? Cuesta hallarlo. De hecho, las cadenas públicas reservan su horario estelar al mismo tipo de chabacanerías que dan audiencia a sus rivales comerciales.

El segundo argumento a favor de la televisión pública es que garantiza «la pluralidad y objetividad informativa». Y aquí nos sobreviene un síncope de carcajada. No existe televisión pública en España, ni antes ni ahora, ni estatal ni autonómica, ajena a la presión partidista, que no haya recibido la presión del Gobierno de turno para convertir sus informativos en un botafumeiro del poder.

Esto ocurre muy acusadamente en el órgano independentista TV3, donde la propaganda es grosera, sin embozo. Pero todas las autonómicas reman para sus gobiernos, sean nacionalistas (ETB), socialistas (Canal Sur), o del PP (TVG). Salvo que logren liberarse de la batuta estatal, lo cual es harto difícil, las televisiones públicas vician la democracia, pues son un formidable agente informativo plegado al poder. También subvierten el libre mercado, pues se costean con nuestros impuestos, pero compiten con rivales sin tal ventaja.

Solo encuentro dos razones que justifiquen hoy RTVE: la defensa activa de la cultura española -esencialmente la lengua- y fomentar entre el público la idea de España, algo vital cuando está siendo erosionada por una campaña eficaz y sostenida de los separatistas. ¿Pero da RTVE esas batallas? Es discutible, y cada vez lo hará menos, porque nuestra izquierda es alérgica al patriotismo español.

Siempre ha habido cierto grado de presión sobre TVE. Pero desde los días del principal colaborador de Sánchez (léase Franco), no se había visto un sometimiento de la televisión pública tan zafio y poco inteligente. El rencor ideológico del mal llamado «progresismo» está tan envilecido, y el nivel intelectual de Rosa María Mateo es tan ramplón, que van ya un centenar de profesionales purgados, incluidos locutores que se limitaban a leer lo que se les ponía delante.

Pero quién sabe, tal vez la comisaria Mateo ha logrado leer en sus mentes y ha detectado peligrosos rasgos subversivos de pensamiento centrista, católico o liberal. Y ahora, la pregunta del millón: ¿Apoya usted que el dinero de sus impuestos se utilice para sostener una televisión de parte? Mucho me temo que no…

Luis Ventoso ( AB )