PARÁBOLA EUROVISIVA

Eurovisión forma parte de eso que los anglosajones denominan «placeres culposos». Sabes que es una horterada notable, pero al final siempre acabas echando un ojo. Media también un componente nostálgico: en nuestra infancia de televisión en blanco y negro y de canal y medio (el segundo casi siempre estaba escachuflado), el festival constituía un hito anual, en el que incluso parecía jugarse el honor patrio. Hoy sus puestas en escena resultan de una sofisticación pasmosa. Aquello parece un concierto de Pink Floyd.

La audiencia es inmensa -200 millones de televidentes- y curiosamente hasta se ha convertido en un referente de la comunidad gay. Este año se daba además la curiosidad de ver a Madonna en Tel Aviv, que desafinó con tesón, molestó a los anfitriones israelíes con descorteses guiños propalestinos y hasta dio un poco de vergüenza ajena, pues al haber basado su carrera en las apelaciones sexuales, su condición de sexagenaria la ha convertido en una extemporánea abuelita luchando en la liga de nuevas y lozanas tecno-vedettes.

Desde que compite con cantantes prefabricados salidos de OT, España se pega indefectiblemente unas toñas épicas. Este sábado no fue una excepción. El agradable Miki, un maestro de Tarrasa de 23 años, de anodina presencia y voz corriente, concurrió con una canción propia de los coches de choque de las verbenas, defendida con una coreografía que parecía el baile de San Vito.

Los jurados y el público europeo se mostraron cabales y lo sumieron en el puesto 22. ¿Y qué dijo el tal Miki tras semejante batacazo? Pues encantado de la vida. Todo «súper»: «Estamos súper contentos. Estoy súper orgulloso. Lo hemos hecho exageradamente bien. El trabajo ha sido increíble. No puede haber ninguna queja. La canción es la que más ha gustado y la que más ha cantado la gente».

Esas declaraciones de autoelogio tras quedar de pena ofrecen una parábola de una tendencia creciente en la sociedad española: la desaparición de toda responsabilidad personal. Aquí nadie tiene culpa de nada y evaluar resultados se ha vuelto una práctica ofensiva, poco delicada, tal vez «facha». Se percibe en la educación, donde las reformas «progresistas» se encaminan siempre a una menor exigencia, porque somos el primer país que ha descubierto que estudiando menos se aprende más y se prospera más en la vida.

Lo mismo sucede en política. España debe ser el único lugar de Europa donde puedes cepillarte la mitad del capital electoral de tu partido y seguir esperando plácidamente en tu sillón tiempos mejores. Aquel afán peleón de ir a más de nuestros padres y abuelos se ha desvanecido.

Los llamados «millennials» son más pacíficos que las generaciones precedentes, cierto. Pero a cambio les da repelús asumir responsabilidades, se mueven en ámbitos digitales donde se elude el debate y se reafirman las propias ideas -o prejuicios- y no quieren líos (léase echarle valor, irse de casa y montar una familia). Miki, feliz tras su estropicio Eurovisión, venía a ser un retrato jovial y kitsch de nuestro flanco pusilánime.

Luis Ventoso ( ABC )