PARÁSITOS

Ayer publicaba ABC la carta de un padre de familia residente en Benidorm, de profesión cocinero, que se declaraba endeudado, abocado al paro y angustiado ante un presente sombrío y un futuro tenebroso. Era el enésimo lamento de una larga lista que este periódico ha querido difundir con el fin de brindar un cauce de expresión a la desesperación de todo un pueblo y retratar verazmente la España del Covid-19, que nada tiene que ver con el cuadro triunfalista dibujado por Pedro Sánchez en sus intermimables sesiones de «Aló Presidente».

En contra de la propaganda oficial repetida hasta la saciedad, aquí muchísima gente se está quedando atrás. Millares de españoles que ven quebrar sus negocios sin que el Gobierno les brinde el menor auxilio o alivie siquiera parcialmente su abrumadora presión fiscal.

Cientos de miles cuyos puestos de trabajo se tambalean como consecuencia del hundimiento de sectores tan claves como la hostelería o el turismo. Millones afectados por recortes de sueldo, ertes o reducciones drásticas de ingresos en el caso de los autónomos.

Una generación de jóvenes condenada de nuevo a la precariedad y la desesperanza cuando empezaba a levantar cabeza tras la crisis de 2008. Esa es la fotografía actual de este país azotado por la pandemia aliada a la ineptitud de los peores timoneles posibles.

Locales cerrados, tiendas vacías, sueños quebrados, miedo y miseria, desigualmente repartidos, eso sí. Porque existe un colectivo al que la situación no parece afectar, al menos en lo económico. Un sector a salvo de recortes, eres o cualquier otra forma de sacrificio: el de los políticos «progresistas» tan dados a llenarse la boca con la palabra «solidaridad».

Mientras toda España sufre las consecuencias de esta crisis brutal, nuestros gobernantes no han prescindido de un solo asesor/tiralevitas (se calcula que unos ochocientos integran este ejército de enchufados nombrados a dedo).

Huelga decir que no se han tocado el sueldo; ¡hasta ahí podíamos llegar! No han ahorrado un solo euro susceptible de nutrir una partida presupuestaria destinada a gasto social. Lo suyo no es dar trigo, sino hablar y hablar de lo que no hacen.

A título de ejemplo, Iván Redondo, el todopoderoso jefe del Gabinete sanchista, cobra 126.124 euros anuales que permanecen intactos. Los de otros consejeros en nómina son secretos, aunque sabemos que solo el vicepresidente Iglesias cuenta con una decena larga y los ministerios de Podemos acumulan medio centenar. En un momento que todos los expertos definen como dramático, únicamente comparable a los años de la posguerra civil, los españoles tenemos que sostener el Ejecutivo más nutrido de la historia, repleto de cargos y «cargas» de carácter puramente ideológico y nula utilidad práctica.

Cuatro vicepresidencias, veintidós ministerios, doscientos cincuenta y nueve altos cargos… Una estructura elefantiásica sin precedentes, terriblemente gravosa para el erario público y opuesta a las recomendaciones de las instituciones financieras nacionales y europeas, que instan a que la Administración «reequilibre» impuestos (es decir, los suba) y suprima gastos superfluos.

¿Adivina el lector qué parte del consejo van a seguir a rajatabla nuestros próceres?

Habrá quien me acuse de hacer demagogia, aunque mi crítica sea una pálida sombra de lo que estaríamos oyendo por parte de la izquierda si quien gobernara con semejante despliegue de amiguetes colocados fuese el PP. No faltará quien arguya que, dada la gravedad que alcanza la situación, el gasto al que me refiero es el chocolate del loro. Y probablemente lo sea.

Pero cuando el hambre entra en casa, el loro se pone a dieta el primero.

Isabel San Sebastán ( ABC )