Hoy, en una conjunción planetaria, han coincidido en dos actos consecutivos en Cataluña el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el recién estrenado líder del PP, Alberto Núñez Feijóo.

Los discursos de ambos han coincidido en ser plomizos y reiterativos y también en que han estado llenos de elogios estereotipados hacia lo catalán, sin refrenarse en los requiebros al nacionalismo. «La nacionalidad catalana», ha dicho Feijóo para luego jactarse de haber presidido «otra nacionalidad histórica». «Patria catalana», ha concretado Sánchez.

Esta política de apaciguamiento emprendida desde hace décadas por los dos grandes, pero menos, partidos españoles, va más allá de las palabras hermosísimas con las que a diario los líderes del bipartidismo alimentan esa suerte de supremacismo moral que practican los nacionalistas catalanes. Va mucho más allá. En los últimos tiempos hemos asistido al asalto al Tribunal de Cuentas acordado por el PP y el PSOE para dar oxígeno económico a los malversadores sediciosos catalanes.

También hemos visto la negativa del Estado a hacer cumplir las sentencias sobre el derecho constitucional de cualquiera que viva en Cataluña a usar el español —la lengua de la gran obra de la Hispanidad—. Hemos sufrido los indultos a los golpistas, la inacción del Ministerio Público en tantos casos de corrupción sistemática y estructural y un larguísimo etcétera, acceso a los secretos oficiales incluido.

Podríamos seguir, pero todas las cesiones y concesiones al nacionalismo están frescas en la memoria de nuestros lectores y es ocioso hacer una relación pormenorizada. Baste añadir la constatación empírica de que la política de apaciguamiento no ha funcionado.

Y si tenemos, porque las tenemos, todas las pruebas de que criar cuervos no ha servido para nada, salvo para fracturar a España, debilitarla y sacarle los ojos, la decisión de Feijóo y de Sánchez de volver a regalar los oídos del nacionalismo y halagarlos con mentiras como «la pujanza económica» de una región que ha perdido en los últimos años cerca de 6.000 empresas, todos los bancos, enormes oportunidades de inversión y que encima mantiene una política activa de degradación de la calidad de sus ciudades para expulsar al turismo… es una desgracia parida por la moderación que sólo busca el poder por el poder egotista.

No vemos la hora en la que populares y socialistas reconozcan sus errores y combatan de frente al nacionalismo sin amagar mohínes acomplejados porque los servicios de Inteligencia españoles hayan cumplido su misión legal y legítima de espiar a los enemigos declarados de España, sin entrometerse en la Justicia para aliviar la responsabilidad delictiva de los golpistas, promocionando con orgullo el español como lengua común de cientos de millones de personas en toda la Iberosfera et plus ultra

Han sido muchos años, demasiados, de «profundo respeto y consideración» (Sánchez dixit) hacia el nacionalismo. El futuro de los catalanes, de todos los que viven en los españolísimos condados del histórico Reino de Aragón, en el lugar de nacimiento del patriota español austracista Rafael Casanova, se merece que las fuerzas nacionales cambien de táctica y comiencen a demostrar un profundo desprecio y desconsideración hacia el nacionalismo catalán, antidemocrático y violento, al tiempo que un profundo respeto hacia la Constitución, la Cataluña con eñe y la soberanía nacional.

Es verdad que en esta idea jamás pensamos encontrar el presidente Sánchez, que en su ya legendaria capacidad de esquivar cualquier pensamiento complejo sólo se ocupa de mirar su reflejo en un estanque. Pero que no encontremos al Partido Popular por su interés en recoger los votos que el PSOE y el mundo socioliberal van arrojando detrás de sí, es lamentable y nos hace perder un tiempo precioso que deberíamos estar usando en cualquier otra cosa, como pelear por recuperar nuestro prestigio internacional perdido, la autoestima de los españoles tan herida después de un comienzo desastroso de siglo o en trabajar para asegurar nuestra soberanía energética.

Que ‘sólo queda VOX’ empieza a ser algo más que un eslogan afortunado. Nos consta que el partido de Abascal preferiría no luchar solo. Pero así son, por desgracia, las cosas. Y así están, que es lo peor.

La Gaceta