PARIPÉ

Pedro Sánchez y Pablo Casado se reúnen hoy de cara a la galería, por aquello del qué dirán, sin la menor intención de entenderse. Ambos saben que de su entrevista no saldrá nada más que una fotografía de sonrisa forzada. Ni al socialista ni al popular les interesa actuar del modo que convendría a España, aunque es de justicia reconocer que la culpa de este desencuentro no se reparte al cincuenta por ciento.

Al presidente en funciones le corresponde, sin duda, la parte del león. Él escogió desde el primer día el camino del abrazo con la extrema izquierda y la cesión ante el independentismo. Él está humillando a sus compañeros de partido con un discurso cambiante al albur de la coyuntura que sigue al pie de la letra el guión separatista.

Él ha esperado hasta ahora para cumplir con la formalidad de tantear al líder de la oposición, sin manifestar voluntad alguna de acuerdo. Él se cerró a sí mismo las puertas de un pacto constitucionalista con Ciudadanos, tras los comicios de abril, optando por forzar la repetición electoral en busca de un mejor resultado.

Él es la antítesis de un hombre de Estado en el momento histórico y el lugar político que demandarían desesperadamente esos atributos.

Frente a esta acumulación de irresponsabilidad e inconsistencia, Casado se limita a defender su frágil liderazgo al frente del PP, amenazado desde dentro y desde fuera, cumpliendo lo que prometió en campaña y negándose a ceder la condición de alternativa a una fuerza como Vox.

El dirigente popular ya ha tenido dos oportunidades para demostrar su valía en las urnas y sabe que le queda una. Solo una. De acuerdo con una regla no escrita, pero implacable, una tercera derrota frente a Sánchez le pondría de patitas en la calle.

Y de celebrarse comicios en el momento actual, ese sería el desenlace más probable, entre otras razones porque los sondeos señalan que la extrema derecha sigue creciendo. ¿Qué es lo que le conviene a él, dadas las circunstancias? Tiempo para asentar su autoridad en una formación durísimamente castigada por el electorado, deshacerse del peor legado «marianil», tanto como de la corrupción que aún colea de la época Aznar, y coser las heridas abiertas en sus filas.

En otras palabras, unos años en la oposición, disputando a Santiago Abascal la tarea de plantar cara al «gobierno Frankenstein» e intentando recuperar la unidad del espacio político que hasta no hace mucho ocupó el PP en solitario.

Pedro Sánchez, por el contrario, ansía con todo su ser alcanzar al fin la Presidencia sin el lastre de provisionalidad con que la ha ejercido hasta ahora. Y puesto a elegir a quien pagar el correspondiente peaje, se decanta convencido por todo lo que se mueve a su izquierda, incluidos grupos tan ajenos al marco constitucional vigente y a la más mínima lealtad patriótica como ERC o Bildu.

Se sabe a salvo de eventuales conjuras internas semejantes a la que le expulsó en 2016, porque la única con fortaleza suficiente para encabezarla, Susana Díaz, ha muerto políticamente, víctima del monumental escándalo de los Ere. Sin el empuje andaluz, ya pueden tratar de hacer ruido Aragón o Castilla La Mancha, que su voz queda eclipsada por la del triunfante Iceta.

El de la «Nación de naciones». La mano que mueve los hilos de un Partido Socialista que se dispone a traicionar todo aquello que juró defender.

En definitiva, lo de esta mañana será puro paripé. Postureo, se dice ahora. Hipocresía, en román paladino. Política, en la peor acepción del término.

Isabel San Sebastián ( ABC )

viñeta de Linda Galmor