PARTITOCRACIA

Lo sabíamos y no disponemos de una fórmula mejor, pero ahora mismo se constata la confusión que puede darse entre democracia y partitocracia. Hemos votado dos veces según nuestras ideas y nuestros intereses, aunque, influidos por quienes más habilidad y medios tienen para sugestionarnos, para encauzar nuestro voto.

Hemos elegido a nuestros representantes, esto es, a quienes han de hacer valer, se supone que de forma directa y unívoca, esas ideas y esos intereses. Vemos ahora que esos representantes, con las cartas de nuestros votos, parecen jugar su propia partida, un juego de ajedrez o de billar, que muy bien puede alejar mucho la intención de nuestro voto (un encargo confiado a un fin) de su uso.

Siempre ha sido así, pero convengamos en que, con el bipartidismo y la posibilidad de mayorías absolutas, la relación causa-efecto de nuestro voto podía ser mucho más nítida y estrecha. Con cinco partidos nacionales en danza, más los regionales y locales, se produce la estimulante necesidad de acordar y pactar.

Pero no es el arte noble y la recta intención del pacto sobre ideas y programas lo que aparece en primer plano, sino una especie de «toma los votos y corre» -al trapicheo, al zoco- determinado no tanto por los intereses expresados por nosotros, sino por los intereses de los partidos, sus líderes y sus militancias territoriales. También, y es lo peor, por sus necesidades personales de supervivencia, por sus inquinas y hasta caprichos.

Los representantes se convierten, entonces, en gestores a voluntad y en virtual barra libre de nuestro voto, jugando a su bolsa -y a su bolso- particular, invirtiendo y desinvirtiendo a su antojo en valores ideológicos que no son obligadamente de nuestro gusto.

Se independizan de nosotros y gestionan nuestro voto en los bombos loteros de su conveniencia. Así es como la democracia (gobierno del pueblo por el pueblo) degenera en partitocracia, en aristocracia de dirigentes, en elitista oligarquía de líderes y facciones.

Durante las campañas, falsedades e imposturas. Ahora, cálculos egoístas. ¿A nuestro servicio? Ojalá. Dentro de cuatro años, podremos retirarles nuestra confianza a unos o a otros, pero sólo para volver a empezar. ¿Qué hacer? Nada.

Acaso pulir, sanear, reformar, exigir, denunciar lo más burdo, sucio y falaz de tanta infidelidad, retorcimiento y tacticismo y dar crédito a la mejor política. Salvo que hayamos caído en la trampa de ese trilerismo hipnótico, tan apasionante y, al parecer, entretenido.

Manuel Hidalgo ( El Mundo )