PASARSE EN LA PÓLVORA

Pase lo que pase, ésta será ya la campaña de Vox. No sólo porque está llenando los auditorios y dejando gente en la calle mientras los demás tienen dificultades -hasta el presidente en su feudo andaluz de Dos Hermanas- para que no se noten demasiado los vacíos en los planos generales, sino porque el partido de Abascal, en un sentido o en otro, va a convertirse en el elemento determinante. Sus resultados serán la clave del desenlace.

Y como su verdadera propaganda transcurre subterránea, en los grupos de whatssap, las encuestas lo tienen en buena medida fuera de su alcance. Sin recuerdo de voto anterior y sin datos fiables sobre la composición social de sus votantes no es posible medir el impacto de su irrupción en términos ecuánimes. Por eso su proyección, y sobre todo sus efectos colaterales, son ahora mismo la gran interrogante. Puede propiciar el vuelco o, lo que es más probable, garantizar la continuidad de Sánchez.

La teoría y la lógica invitan a concluir que una facturación alta de Vox favorece al Gobierno en tanto que perjudica al PP y a Ciudadanos. La única certeza previa en estas elecciones es la de que el PSOE será el más votado, y por tanto se beneficiará de la ventaja en la atribución/distribución de escaños, atascando al resto de contendientes en el cuello de botella del reparto.

Además, el discurso arriscado del nuevo partido actúa como un artefacto que polariza a todo el centro-derecha y estimula la reacción de sus adversarios. La Moncloa lo ha incluido en el debate televisado para situarlo en el centro del escenario: es evidente que desea potenciarlo. Al poder le interesa una confrontación simplista, de brochazos, política-espectáculo con la que disimular la evidencia de sus inquietantes aliados.

Le encanta la idea de enfrentarse a Don Pelayo y confía en que, en el peor de los casos, una eclosión de Vox supere a Cs y lo empuje a sus brazos. Pero eso no va a suceder porque Rivera se autodestruiría si le hace ese regalo; bastante problema tendría con digerir su fracaso. Lo que sí ocurriría es que la irresponsabilidad sanchista dejaría un país más escindido y radicalizado, incapaz de encerrar a sus viejos demonios en el armario.

La táctica del presidente tiene otro riesgo. Lo corrió Susana Díaz y aún se debe de estar arrepintiendo de haber engordado adrede el voto del cabreo. Las estigmatizadas «tres derechas» podrían devorar a Podemos y provocar un zarandeo en esos últimos escaños de muchas provincias que están en el alero.

Con el altísimo porcentaje de electores indecisos, o renuentes a declarar su opción, parece aventurado fijar techos. Los socialistas juegan con fuego: cualquier artillero sabe que un arma con exceso de pólvora provoca una sacudida de retroceso. Y hay que tener cuidado con los deseos porque a veces la suerte o el destino se regodean con ellos y gastan al que los pide la broma de concederlos.

Ignacio Camacho ( ABC )

viñeta de Linda Galmor