PATRIOTA DEL ARTE

En noviembre del año 1999 conocí en La Habana a Gerardo. No recuerdo su apellido. Se había licenciado en Historia del Arte, tal vez cursó también el doctorado, pero no se lo pregunté. Lo único cierto era que amaba con pasión todos los vestigios de arquitectura, pintura  y escultura e imaginería que dejaron en su país los artistas que vivieron en la Isla hasta que se independizó de España.

Era el último día de mi estancia allí y me sugirió que visitara, entre otros lugares y  edificios que hoy no recuerdo,  la antigua Villa de San Cristóbal de La Habana, la Catedral de la Virgen Maria de la Concepción Inmaculada o el Palacio de Aldama, pero sobre todo se empeñó en enseñarme  y contarme con orgullo los vestigios de un arte colonial que pervivía a su abandono.

Aquel hombre trabajaba como conductor de coches para las empresas que los alquilaban  durante el tiempo que sus ejecutivos iban a permanecer  allí,  y había asumido como tarea complementaria de su oficio hablar bien de las cosas buenas de su país. Estaba empeñado en que quienes lo visitaran pudieran llevarse de regreso una imagen positiva  frente a otras evidencias de signo contrario que no se podían ocultar.

Me impresiono su empeño en  realizar un trabajo de rehabilitación del orgullo herido de un cubano que parecía necesitar que algunos visitantes, sobre todo si éramos periodistas que podíamos contarlo, nos llevásemos de regreso  algo más digno que la imagen  tópica pero también real de una Cuba que había fracasado al enlazar dos dictaduras consecutivas.

Nunca he olvidado aquellas conversaciones con Gerardo, preñadas de dignidad y amor a su patria, aunque no sintiese lo mismo por sus dirigentes,  porque hay países en los que sus ciudadanos  arrastran un déficit  de desamor y de orgullo por su propia identidad a causa de lo mal representados que se sienten cuando miran a su clase política.

Ciudadanos que con frecuencia  ignoran que las personas que les gobiernan no son símbolo de nada sino empleados de una sociedad a la que defraudan.

En España no somos una excepción. Sólo hay que echar un vistazo a nuestros vecinos más o menos próximos para comprobar la vocación apátrida de muchos de sus ciudadanos, movimiento al que se suman muchos de los que provienen de distintos países y no renuncian a  aportar su parte de fobia para no desentonar en el paisaje sociológico que les recibe.

El término patriota es digno hasta que algunos  políticos lo prostituyen y empiezan a buscarle sinónimos para devaluarlo  o utilizar a su conveniencia.

Diego Armario