PAZ DE PLÁSTICO

Los trabajos de plastificación de Vic avanzan a buen ritmo. Pude confirmarlo este verano. La capital de la comarca de Osona sería una ciudad bonita, con rincones francamente encantadores, como la plaza triangular, mínima, donde se alza la fachada esgrafiada de la Casa Masferrer. Cuando no hay mercado, la plaza mayor transmite una sensación extraña, demasiado espacio vacío, como ocurre en esas plazas de la revolución a prueba de agorafóbicos. Pero tiene algún edificio notable, como la Casa Costa, por ejemplo, de una sobriedad hermosa. Vic sería bonita pero le está creciendo una segunda piel que le da un aspecto enfermizo. Es un revestimiento plástico que con el tiempo adquiere un tono macilento, porque su amarillo original va decolorándose y palideciendo.

La plastificación de Vic es un proyecto municipal, igual que la megafonía de timbre bélico y somatén o el pack de propaganda independentista que cuelga del consistorio. En breve, Vic será como un invernadero. Por su aspecto exterior y por su angustiosa atmósfera interior. Allí la única insurgencia es la de quien rasga el plástico en busca de un poco de oxígeno, el resto es política municipal ejecutada por voluntarios serviles. La función del lazo es poner las ciudades al servicio de una obsesión vertical.

El nacionalismo ha impuesto en Cataluña una forma poco sutil de extorsión colectiva que es la paz del consenso, tan poco meritoria y casi tan disuasoria como la paz del cementerio, y cuyo funcionamiento se entiende con sólo leer el titular con el que un periódico local informó de la enésima agresión que sufrió Boadella: “Boadella y su mujer ponen en pie de guerra a toda la población de Jafre”. La paz del consenso protege una biosfera delicadísima que se vuelve hostil si comparece el discrepante.

Recuerden aquella escena, de gran placidez, que se vivió hace un año en el Parlamento de Cataluña. La diputada de Podemos Àngels Martínez se levanta, sube las escaleras y retira las banderas españolas que habían dejado en sus escaños los diputados del grupo popular. Aplausos. La presidenta de la cámara, Carme Forcadell, le pide que vuelva a ponerlas.

Ella se niega y se las entrega a Eulàlia Reguant, de la CUP. Puigdemont mira complacido. Forcadell desiste. Un ujier ayuda, con delicadeza, a Àngels Martínez a regresar a su sitio. La sesión continúa. Horas de después, Reguant tuitea una foto con Martínez, ambas sonrientes, y este texto: “Para los que queréis los trapitos que me ha dado, ya no los tengo”. Aquella paz.

Rafa LaTorre ( El Mundo )