PAZ, PIEDAD, PERDÓN

Tierno Galván se unió al PSOE al que detestaba y en conjunción con los comunistas alcanzó en 1979 la Alcaldía de Madrid. Agnóstico y marxista ante la mesa juramental pelada, excepto por la Constitución aconfesional, exigió un crucifijo y le trajeron uno monumental de marfil. «Un hombre justo que murió por los demás no molesta a nadie». Con aquel gesto moral el Viejo Profesor se ganó la amistad de todos los madrileños.

Tres años después Felipe González, cinco días después de ser investido, se presentó en la División Acorazada Brunete número 1 para presidir ante una ringlera de carros la misa de la Inmaculada. Su apariencia adusta, su permanencia en pie mientras los generales se arrodillaban ante el Santísimo, no veló su grandeza de ánimo como Presidente de todos los españoles. Aquellos sí eran efectos especiales y no la quincalla estraperlista del nuevo socialismo.

Sánchez conduce mirando el retrovisor y con una caja de cambios bipolar con solo primera y marcha atrás. De acoger al «Aquarius» a procesar a los asaltantes de la verja ceutí; de elecciones adelantadas al apuramiento de la legislatura; de proyecto político a ocurrencias de marketing; de dejar con el traste al aire al juez Llarena a darle el manto del Estado. Sánchez trepó al poder por la escalera de servicio y no puede disimular su papel de empleada de hogar de las minorías radicales, y ante el culebrón franquista ni respeta a los expertos e intenciones de Zapatero sobre Cuelgamuros como reconciliación y anuncia un cementerio civil al que sobrará la cruz y los benedictinos, olvidando que Arlington, al que aluden, es camposanto religioso sobre las tierras expropiadas al líder militar confederado Robert E. Lee.

Nadie pretende exhumar a Azaña de su tumba francesa tras dirigir sus últimas palabras a su esposa: «Lola, ¿Cómo se llama ese país del que fui Presidente de su República?» Su elevado discurso en el Ayuntamiento de Barcelona por el segundo aniversario del inicio de la guerra nadie lo recuerda: «…esos hombres que abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, nos envían el mensaje de la Patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad, perdón».

Martín Prieto ( La Razón )