Seamos por una vez sinceros: la mayoría de nuestras desgracias provienen de errores nuestros. Se me dirá que ocurre a los demás, países y personas. Pero los demás suelen cometer errores en asuntos sin mayor importancia, mientras los españoles lo hacemos en temas trascendentales, por lo que las consecuencias son catastróficas. Sin ir más lejos, confundimos lo secundario con lo principal.

Tenemos los valores cambiados y damos más importancia a lo superficial que a lo esencial. He meditado mucho sobre el asunto y lo atribuyo a la vigencia, tanto en la izquierda como en la derecha, en las clases altas y bajas, de una mentalidad antimoderna. Don Quijote es su paradigma. Cervantes quiso advertirnos de los palos que se reciben siendo anacrónicos, pero nosotros no le hicimos caso, riéndonos y enorgulleciéndonos encima.

Mientras lo limite a modas o ideas abstractas, cada uno o una es muy libre de elegir las que le plazcan, sobre gustos no hay nada escrito. Pero en el momento de pasar a los hechos y realidades, las amenazas acechan tras cada esquina. Por ejemplo, los pecados, algo con lo que nacemos desde que nuestros primeros padres nos hicieron la faena de comer la fruta prohibida, que era nada menos que la del árbol de la sabiduría.

Las religiones suelen dividirlos en mortales y veniales. Preferiría una división más ajustada: pecados de la carne y pecados del espíritu. Y espero que estén de acuerdo conmigo en que los segundos son más graves que los primeros, que compartimos con los animales e incluso las plantas, como parte de la naturaleza.

Mientras los segundos son exclusivamente nuestros: el odio, la envidia, el rencor, la insidia, la calumnia, el racismo y todos los subproductos de una mente enferma, son infinitamente más graves, que pueden llevar al genocidio de pueblos o a su esclavitud.

Sin embargo, los españoles hemos dado más importancia a los pecados de la carne que a los del espíritu, no me pregunten por qué, pues no le he encontrado respuesta. Puede que lo apuntado antes, que somos antimodernos, tenga que ver con ello, pero algo tan importante tiene que tener causas más amplias y profundas.

Si he caído en tales lucubraciones es por el caso de Don Juan Carlos, como puede que hayan adivinado. Mientras la «vida privada» de otros monarcas y ex monarcas suele limitarse en las democracias avanzadas a la prensa del corazón y el cotilleo, aquí lo hemos convertido en asunto de Estado, incluso en crisis de Estado.

Se me dirá que hay también dineros nada claros. Pero eso tiene que aclararlo Hacienda o, todo lo más, los tribunales competentes. Cuando aquí se pide un tribunal de la Inquisición. Nada menos que por quienes la han anatemizado y no han sido ejemplo de nadie en sus «vidas privadas».

Lo que nunca imaginé es oír lecciones de moral de cintura para abajo de la izquierda.

José María Carrascal ( ABC )