Pocos ejercicios tan puñeteros para los políticos como un garbeo por sus hemerotecas y videotecas. El 22 de enero de 2018, con la misma suficiencia con que cinco meses después defendía exactamente lo contrario, Ábalos enfatizaba que «los independentistas no pueden ser en ningún caso aliados nuestros, ni para una moción de censura; no es posible presentarse con esos grupos».

Un comentario razonable. Acorde a lo esperado: ¿Cómo iba el PSOE, el partido que más tiempo ha gobernado España y que lleva la E en su apellido, encamarse con aliados cuya meta expresa es romper el país? Imposible…

Hasta que en junio de 2018, las palabras firmes de Ábalos se convertían en ceniza arrumbada en el baúl de la memoria ignota y Sánchez llegaba al poder por un acuerdo en la penumbra con PNV, Bildu y los partidos catalanes del levantamiento sedicioso del año previo.

Desde entonces asistimos al portento de un político capaz de sostener una cosa, la contraria y hasta la contraria de la contraria, según vaya conviniendo al único objetivo inmutable: el poder a todo precio. Sánchez redescubriendo España en sus mítines, con enormes pantallas con la bandera.

Sánchez prometiendo en campaña un endurecimiento de las leyes para frenar al separatismo catalán más levantisco. Sánchez proclamándose defensor de la Corona y el orden constitucional. Sánchez aproximándose a Arrimadas para cerrar los presupuestos.

Y al tiempo, Sánchez pactando el Gobierno de Navarra con Bildu, en detrimento del partido constitucionalista local que había ganado con rotundidad las elecciones. Sánchez organizando una mesa bilateral con Torra y ERC; lisonjeando a Bildu, prometiendo echarle agua en el Código Penal a los delitos de rebelión y sedición.

¿En qué cree el verdadero Sánchez? Eso no lo sabe ni su colchón de La Moncloa. Pero resulta evidente que le tira más la compañía de la izquierda separatista que la del PP y Cs. Para resumir: tenemos un presidente que se hace cruces -ateas- ante Vox y ve a Bildu como un socio homologable.

Otegui, con su camiseta y su flequillo juvenil, peina ya 62 años y gasta más conchas que un galápago. En una misma vida ha sido terrorista de ETA, con delitos de robo a mano armada y secuestros, y autoproclamado «hombre de paz».

Resulta moralmente viscoso -dicho en suave-, pero no le falta cintura maniobrera y está claro que en Sánchez ve un filón. Sus últimas declaraciones desvelan que el presidente no sufrió desliz alguno cuando transmitió a Bildu en el Senado su sentido pésame por el suicidio de un etarra.

Otegui lo explica con absoluta naturalidad: «Tenemos contactos estables con el Ejecutivo». Y anuncia que apoyará los Presupuestos (es decir, que seguirá sosteniendo a Sánchez) con tres condiciones: «Solucionar el debate territorial, políticas sociales y solucionar la situación penitenciaria».

¿Y cuál puede ser la doble «solución» de un partido que nació como sucesión política de ETA? Referéndum de autodeterminación y amnistía de los terroristas. Doce mártires socialistas fueron asesinados defendiendo todo lo contrario. Pero su partido ya no existe.

Solo queda el PS (el Partido Sanchista), con sus valores de goma elástica.

Luis Ventoso ( ABC )