PEDRO, EL ENCASTILLADO

Se cuenta que Pedro Sánchez le dijo a Quim Torra en Pedralbes: «Éstas son las dos opciones, o al Gobierno le apoya los Presupuestos la mayoría de la moción de censura o tendré que adelantar las elecciones con el peligro, para nosotros y vosotros, de una mayoría de derecha dura con Vox dentro». La gente que conoce bien al presidente del Gobierno piensa que esa noticia es un simple rumor; para ellos, Sánchez se ha encastillado en Moncloa y no lo van echar ni los bomberos.

Se dice que alguien se encastilla cuando se refugia en un fuerte, al que aguanta con tesón y cabezonería su posición. Pedro Sánchez se refugia en Moncloa y está dispuesto a soportar linchamientos mediáticos, lapidaciones de las redes sociales y las catilinarias de la derecha. Aguantará en Moncloa aunque se hunda el PSOE con los barones dentro en Asturias, Valencia y Castilla-La Mancha, como ya se hundió en Andalucía.

Ya le pueden dar un repaso en las elecciones de mayo, ya pueden cargarse los Presupuestos, ya pueden acusarle todos los días de traidor, que permanecerá en La Moncloa con la misma determinación que afrontó las primarias, la retirada del Congreso de los Diputados, la abominación de la vieja guardia o la traición del aparato. Está convencido de su baraka, de la necesidad de plantar cara a las adversidades.

Cree firmemente que no hay más solución que diálogo, y la paciencia como terapia política en el laberinto de Cataluña, y que hay millones de españoles que comprenderán, al final, su acierto al haber subido la pensión mínima, el sueldo a los funcionarios y haber logrado mejoras sociales para la gente humilde, a pesar de su minoría parlamentaria.

En el Palacio de La Moncloa, que más que palacio es un complejo, todos los inquilinos anteriores sufrieron el síndrome de la cautividad; sólo Sánchez ha transformado la cautividad en júbilo. Todos los presidentes se sintieron incomprendidos; alguno pensó que era Napoleón entre los tapices. Se pasaron la vida estudiando las encuestas; sólo Sánchez ha sorteado ese estrés, nombrando edecán al oráculo Tezanos.

Para este Maquiavelo del barrio de Tetuán la política no es otra cosa que la facultad de elegir, en toda circunstancia, lo que es mejor para sí mismo y para los demás. «La libertad -dice Marcel Brión– es en esencia, el derecho a cambiar de ideas si se habían reconocido como falsas las que se habían adoptado». Sánchez cambia de ideas con desfachatez y desafía no sólo a la oposición, sino a la burocracia del aparato y a la disciplina de su partido. A ver quién es el desencastillador que lo desencastilla.

Raúl del Pozo ( El Mundo )