Escuchamos la expresión toque de queda y nos acogotamos, porque los españoles no están curados ante los desafueros del poder. Como en el poema de Yevtushenko, preferimos ser incluso «la última hiena sarnosa», pero nunca «ni siquiera el gato de un tirano».

De pronto, la autoridad se ha ido consolidando con la pandemia y hay como un deseo inconsciente de dominación y mando ante el desbarajuste de la gestión del coronavirus. La maraña empieza a preguntar dónde está el Gobierno. «El Gobierno no está y los partidos practican entre ellos el canibalismo; se ha politizado la catástrofe», me dice un experto desde el puente de mando.

Con las derechas y las izquierdas rotas, las calles cerradas, la ciudad bajo vigilancia, vivimos una falsa acefalia. No, no hay vacío de poder, sino una argucia de los amos del cotarro para volver reforzando la autoridad. El presidente del Gobierno ahuecó el ala esperando que lo vuelvan a llamar.

Hay quien piensa que su ausencia es una jugada maestra de Iván, el maestro de ilusionismo y mago de la propaganda. Los augures de Sol dicen: «Sánchez ha desaparecido desde el punto de vista sanitario y también económico. Los Presupuestos que ha presentado son un desastre para España y la falta de autoridad provoca que cada comunidad tome medidas sin una mínima coordinación nacional.

El problema es que mucha gente no va a tener dinero para comer. No se toman medidas contundentes contra los irresponsables que se están saltando las restricciones de movilidad». La derecha teme que terminemos todos traspellados, como llaman en mi serranía a los que sufren de galipa.

La pelea entre el PSOE y Podemos, que Pedro y Pablo taparon en el ballet de los Presupuestos, no hay quien la tape. Todo esto sucede cuando la gente muere de virus antes de morir de hambre. Avanzan los contagios en una Europa otra vez al borde del entrullamiento, y en una España en la que no se sabe quién está en el cuadro de mandos. La OMS avisa: «Es inevitable un nuevo confinamiento domiciliario».

Políticos veteranos y unos cuantos columnistas piden un Gobierno de unidad nacional para enfrentarnos a la pandemia y a la ruina. El Gobierno, con las orejas tapadas con cera blanca, como la tripulación de Ulises, no sortea a las sirenas sino que se dirige al acantilado con un extraño optimismo.

En cuanto a los que publican en los periódicos, como en los tiempos de Larra, escribir en Madrid es una pesadilla abrumadora y violenta. Ni ellos saben quiénes son los suyos, ni los otros saben quiénes son los nuestros, en estos monólogos desesperantes.

Raúl del Pozo ( El Mundo )