PEDRO SÁNCHEZ O LA LEVEDAD DE LA NADA

El presidente del Gobierno tenía ayer la oportunidad de recuperar la iniciativa política, romper con sus devaneos con las formaciones independentistas y anunciar la voluntad de intervenir Cataluña ante la incapacidad de la Generalitat para garantizar la convivencia y el orden público.

No solo no hizo nada de esto, sino que salió del Congreso con el crédito agotado y la imagen institucional aún más erosionada. Pese a la expectación creada antes de su comparecencia, Sánchez dilapidó su intervención sin anunciar ni una sola medida concreta y después se vio acorralado por la oposición del PP y Ciudadanos.

El problema del Gobierno no es ya la incapacidad para asumir el fracaso de su operación de distensión con el independentismo, sino la nadería en la que parece haberse instalado. Por un lado, agita el 155 aunque con la boca pequeña. Por otro, mantiene su voluntad de profundizar en el diálogo –blandiendo incluso la posibilidad de una reforma estatutaria- con quienes han dado muestras de no tener más horizonte que el de romper España.

La indefinición sigue siendo el principal lastre de Sánchez, que se ha quedado en zona de nadie por supeditar una cuestión de Estado como es el problema catalán a una onerosa ambición poder.

Aunque no mencionó en ningún momento el artículo 155, la posibilidad de intervenir el Gobierno catalán revoloteó en las palabras de Sánchez, quien defendió que la única vía para resolver la cuestión catalana es la de la Constitución.

La paradoja de Sánchez es que mientras compromete una respuesta «firme pero serena, proporcional pero contundente» al embate de los secesionistas después mendiga su voto para los Presupuestos del Estado de 2019.

Esta doblez resulta especialmente inquietante teniendo en cuenta que Torra no ha rectificado su impresentable apelación sobre la vía eslovena y ayer mismo volvió a amenazar con vulnerar la Constitución. Es verdad que el jefe del Ejecutivo, paradójicamente, desenmascaró al independentismo al sostener que Torra «no tiene más argumento que la mentira».

Lo que no sabemos, dadas sus veleidades, es si ello responde a una voluntad decidida para recurrir a los instrumentos legales que contempla el marco constitucional para aplacar a los golpistas o si se trata tan solo de un giro de cadera táctico para contener el enfado de los barones, verbalizado con nitidez por García-Page y Lambán tras la debacle socialista en Andalucía.

Sánchez se ha quedado solo por su empecinamiento en no asumir la realidad. Acorralado por la oposición, discutido por sus barones y presionado por sus socios, el presidente del Gobierno debería realizar un ejercicio de responsabilidad institucional, aceptar su soledad y devolver la palabra a los españoles. Solo así podrá desbloquearse una situación de ingobernabilidad que dispara la incertidumbre política y económica, y sitúa al Estado en una posición de grave debilidad para hacer frente al desafío separatista.

El Mundo