Albergábamos la esperanza de que la pandemia y sus efectos devastadores -en lo sanitario y en lo económico- obraran el necesario cambio en el estilo de gobernar de Pedro Sánchez. La precariedad de su mayoría y la composición radical de sus alianzas no permiten afrontar la profunda crisis que se avecina en todos los ámbitos.

Esperábamos que se diese a cuenta de la defunción de su programa. Y quizá lo haya hecho, pero en lugar de actuar en consecuencia, en esta vuelta al curso parlamentario está redoblando la apuesta por la mayoría Frankenstein que lo invistió. Cuando Sánchez se encuentra acorralado, siempre huye hacia delante por el camino más irresponsable.

Durante la sesión de control de ayer no solo situó a Podemos dentro de la Constitución y al PP fuera, y no solo arremetió contra Cs pese a su actitud colaborativa con el Gobierno desde que estalló la pandemia, sino que cortejó de forma mendicante a Gabriel Rufián para sumar a ERC a su aún inexistente plan presupuestario, que le aseguraría el agotamiento sin turbulencias del mandato.

En realidad alguien como Sánchez tampoco tendría problema en agotar la legislatura con los Presupuestos de Montoro, pero parece que va a intentar aprobar unos propios.

Para ello está presionando a todos los grupos -tanto le da si son constitucionalistas o si han promovido un golpe de Estado y tienen al líder en la cárcel o si se declaran amigos de Josu Ternera- para que se plieguen a su persona de antemano y sin condiciones, al más puro estilo sanchista.

A tal objeto no ha tenido rebozo en vincular los fondos europeos con la aprobación de los Presupuestos, extremo que ha tenido que salir a desmentirle la misma Comisión Europea.

Sin embargo no a todos los trata igual. Colma a ERC de cortesía parlamentaria, llama a Torra para reactivar la mesa bilateral de la infamia -con el referéndum en el orden del día- y anuncia la rebaja del delito de sedición al gusto del separatismo para atraerse su apoyo. Todo mientras sigue negociando con Inés Arrimadas: dos barajas.

Quizá alguien que ha labrado su carrera política sobre la traición a sus compromisos previos está incapacitado para imaginar una negociación leal. De ahí también que llegue a filtrar mensajes privados con el líder de la oposición con tal de aumentar la presión y allanar el horizonte de su poder.

Ya hemos dicho aquí que Cs debe negociar con condiciones claras, del mismo modo que debería romper las negociaciones si Sánchez persiste en relanzar su agenda de cesiones al separatismo, que no solo no se arrepiente ni renuncia a dar otro golpe sino que proclama orgullosamente que lo volverá a hacer.

Pero por encima de la responsabilidad de cualquier socio eventual está la de un presidente incapaz de distinguir entre el patriotismo y la táctica, entre el plan a largo plazo y el golpe de efecto de esta mañana, entre la elaboración de las cuentas para un país sumido en la recesión y el vanidoso juego sin límites de su ludopatía parlamentaria.

El Mundo