Vivimos el acecho a lo sensible, una mitomanía del sentimiento vago. Y escribo vago en una doble dirección, como una nebulosa de inexactitud y pereza. No es que yo desestime la sensibilidad, pero atribuirle propiedades terapéuticas para la gestión de un país sólo puede acabar en la cursilería emocionante de cualquier poema panfletario.

Esto tiene mucho que ver con la nunca suficientemente recordada afirmación de Pedro Sánchez en torno a una quimérica -entonces- vicepresidencia de Pablo Iglesias y su insomnio moral. No sabemos si ahora ha conseguido conciliar el sueño, aunque seguramente sí, porque es hombre de tranquilidades éticas adaptables a las circunstancias; pero lo que no se recalcó lo bastante, a pesar del cambio una presidencia después, fue esa declaración reconvertida en algodón de azúcar del espíritu.

Porque todo aquello del insomnio, como un hombre decente o responsable de todas las costuras del Estado, no era solamente el discurso de un actor, sino la verbalización de una mentalidad, de una manera de construir las frases y la vida. Se dice no me fío de alguien o no confío en alguien.

Y luego se mantiene ese principio contra viento y escaños, suponiendo que uno tenga algún principio. Pero eso de no dormir, como lo de cambiar el colchón, sólo es frivolidad. Y lo frívolo lleva a la inmoralidad, porque luego nadamos en el barniz chispeante de las cosas, sin tocar su médula.

Es como cuando Pedro Sánchez ha justificado que ocultara a Unidas Podemos, su socio de Gobierno, la noticia de la fusión entre Caixabank y Bankia: lo hizo porque al tratarse «de una información muy sensible», tenía que «garantizar esa confidencialidad».

Las otras cuestiones de Gobierno gestionadas por Unidas Podemos, y en especial por el vicepresidente Iglesias, entonces, no deben de resultarle muy sensibles.

Joaquín Pérez Azaústre ( El Mundo )