Con Sánchez, me ganó el asco inicialmente. Un sujeto que llega a presidir el gobierno tras haber encargado plagiar su tesis doctoral es como para incitar al vómito a cualquiera que haya vivido la aspereza y el honor del trabajo académico. Y ese asco permanece. Nadie podrá borrar una sordidez tan gratuita.

La curiosidad, sin embargo, fue progresivamente ganando la partida. Seamos distantes en la descripción de estos dos años. Y apreciemos su rareza. Pedro Sánchez llega al poder en la más improbable carambola que quepa imaginar en política. Sus resultados electorales habían sido los peores que haya obtenido su partido desde la puesta en pie de la Constitución del 78.

Le abre la puerta al gobierno una decisión inimaginable del Mariano Rajoy que, ausente de la votación en la cual va a ser liquidado, rechaza la ventajosa oferta del PNV de mantener al frente del gobierno a cualquier líder del PP que no sea él mismo. Algún día tal vez nos explique el motivo: nos debe esa aclaración a todos los contribuyentes.

Otro partido en horas bajas, Podemos (ya sé que es generoso llamar partido a una horda, pero no nos entretengamos en minucias), que acaba de obtener los peores resultados de su breve historia, se ofrece para sacarlo a flote.

Y Sánchez acepta tener en su gobierno una oficina sucursal de los intereses de Maduro y de los Ayatolas iraníes, con vicepresidencia y ministerio conyugal incluidos… Todo, en suma, parece diseñado para propiciar un batacazo político sin precedente. Todo. Y, sin embargo…

Sin embargo, Sánchez ha contado con algo a lo cual no habíamos dado el peso que de verdad tiene: se llama Vox. No era, sin embargo, un cálculo nuevo. Yo, que andaba por París a inicio de los ochenta, recuerdo aquella conversación con periodistas amigos, en la que Pierre Bérégovoy, hombre de confianza de Mitterrand, responde a los reproches de estar promocionando la presencia de Le Pen en las televisiones públicas.

«Es una idea genial del presidente. Mientras Le Pen crezca, la derecha será inelegible». Al final, Le Pen creció demasiado. Y hoy el partido de su hija es mayoritario en todas las encuestas. Pero Mitterrand murió en el poder.

Que era lo único a lo cual había aspirado, desde sus inicios parafascistas en 1934.

Sánchez ha apostado por construirse un Le Pen. Lo de ayer da a entender que lo ha logrado. Tal vez pueda ahora soñar con el avieso destino de Mitterrand: ser rey.

Gabriel Albiac ( ABC )