PEDRO Y EL VIRUS

Un mes tras la declaración del estado de alarma y con 20.000 muertos a la espalda, Pedro Sánchez explicó a los españoles el tercer capítulo del Covid-19, más fábula que relato. Nuevo hubo poco, ya que el anuncio de la tercera prórroga del confinamiento se daba por descontado, e incluso dio a entender que no será la última.

Quiso endulzarlo con el anuncio de que los menores de 12 años podrán salir a la calle a partir del próximo 27. ¿Acompañados de adultos, ya que un niño de tan corta edad suelto por una ciudad semidesierta no está seguro? Casi seguro y si los niños no votan, votan sus padres. Pero ése y otros detalles están aún bajo estudio.

En realidad, lo que no dijo el presidente era más importante de lo que dijo. Que el desconfinamiento va a ser gradual y por lugares, según vayan quedando libres del virus, pero puede haber retrocesos si reaparece, siempre según lo determinen los científicos y expertos, tras los que Pedro se escuda.

Pero faltó concreción sobre fechas y hechos, como las famosas mascarillas chinas, seis millones de las cuales volvió a anunciar esta semana, tras alardear de que ya se fabrican masivamente en España. Entonces, cabría preguntar ¿por qué se importan? Y de los test inservibles que hubo que devolver, ¿qué? Ni palabra.

Como de haber lanzado al personal sanitario a combatir sin la protección adecuada la pandemia, que ha hecho una escabechina entre ellos. O de que en anteriores prédicas se alardeó de haber llegado a la curva anunciadora de la derrota del Covid-19 y ahora se admite que, hoy por hoy, no es posible pasar a la fase 2 de la «desescalada», nueva palabreja inventada en estas prédicas de Sánchez y su corte para convencernos de que se adelantaron a todos los demás países en la medidas contra el virus. ¿Cómo se explica, entonces, que tengamos el mayor número de muertos?

Aunque, si no para otra cosa, estas apariciones televisivas nos permiten fijar la especie a que pertenece el personaje. Estamos ante un individuo pura fachada, sin nada detrás, que, incapaz de producir algo original, se limita a repetir lo último que ha oído a uno de sus numerosos consejeros, sin darse cuenta de que a menudo se contradicen, y él con ellos.

Imagino que será lo que va a decir hoy a Pablo Casado para convencerle de que se una al «Pacto de Reconstrucción», ya que los nuevos Pactos de la Moncloa, su primer nombre, obtuvo tal pitada que hubo que cambiarle el nombre.

Aparte de que «reconstrucción» incluye admitir que algo se ha destruido. Y por más que se empeñe Sánchez en echar las culpas al maldito bichito, su papel en la tragedia es innegable por el hecho de ser presidente de Gobierno.

Además, por no haber tomado las medidas oportunas a tiempo. Luego, por haberse equivocado en algunas de ellas y, sobre todo, por no haber logrado despertar suficiente confianza para que le crean incluso sus socios. Y quiere que le crean sus rivales.

Casado haría bien en llevar un notario.

José María Carrascal ( ABC )