PELIGROSA BARCELONA

Lo han conseguido. Y en muy poco tiempo. ¿Ha sido por casualidad o adrede? Entre los separatistas y Ada Colau, han logrado que Barcelona haya pasado, desde los Juegos Olímpicos de 1992 a hoy, de ser la ciudad que le caía simpática a España entera a la capital del miedo.

Hoy, que Cataluña celebra la Diada, no pensamos, como otros años, en los aplausos y abucheos en la ofrenda de los partidos ante el monumento a Casanova, que era lo clásico. Pensamos cuántos apuñalamientos habrá hoy en esa Barcelona a la que los consulados extranjeros alertan a sus súbditos que no vayan, por el alto riesgo.

Con lo agradable que era aquella libre Barcelona de Serrat abierta al mundo, a la que llegaron como a la tierra prometida los autores del «boom» hispanoamericano, de García Márquez a Vargas Llosa. Donde estaban las grandes editoriales en lengua española, y se publicaban revistas de referencia en muchos campos, de «Fotogramas» a «Destino».

¿Ha sido el odio a España lo que ha terminado hasta con el recuerdo de aquella Barcelona estrictamente europea, cuando el Barça de Kubala caía simpático en toda España? Nunca podíamos pensar que el aumento de la delincuencia y la altísima peligrosidad callejera iban a ser un daño colateral del separatismo.

Unas amigas fueron a Barcelona para resolver un asunto de negocios. Como, concluidas las gestiones, les sobraba tiempo para la vuelta en Vueling, preguntaron, tras haber oído la mala fama mundial de peligrosidad que tiene ya desgraciadamente Barcelona:

-Otras veces hemos ido a comer a Las Siete Puertas. Aquella zona, ¿es peligrosa?

-Bueno, si no llevan reloj, ni pulseras, ni collares, ni bolso, ni teléfono móvil entonces no es peligrosa. Pero les recomiendo que desde la calle Aragón abajo, hacia el mar, ni se les ocurra poner un pie.

Ya no es El Raval. Ya es media Barcelona. ¿Para esto le ha servido a Barcelona ser la capital del separatismo? ¿Para encabezar todas las estadísticas de peligrosidad en robos, hurtos, atracos, asaltos, cuando no de muertes por navajazo?

Raro es el día en que no te llega al teléfono móvil, enviado por un amigo, el vídeo de un hecho en la triste vida cotidiana en esta Barcelona de la peligrosidad, que pronto se hace viral, porque es un asalto, un atraco, un apuñalamiento, como el de la pobre muchacha a la que robaron el teléfono móvil en una discoteca y se le ocurrió denunciarlo a un vigilante de seguridad, que también fue herido por los ladrones.

Ah, y prohibido decir de qué nacionalidad es el delincuente, en la permisiva política de «wellcome refugees» de Ada Colau. Que consiente hasta algo tan insólito como un «Sindicato de Manteros», al que hasta le dan voz en el Parlamento autonómico catalán.

Es como si se viera como lo más normal del mundo la existencia de un «Sindicato de Violadores». Sólo falta que Ada Colau, con la permisividad que nos caracteriza, cobije al Sindicato de Robadores de Teléfonos Móviles y al Sindicato de Ladrones de Bolsos. Todo esto nos ha traído una política buenista de acogida indiscriminada de sin papeles.

Y lo más triste es que estamos aceptando la existencia de esta peligrosísima Barcelona como una realidad catalana más, como los lazos amarillos por doquier o el incumplimiento de las sentencias del Supremo.

Si los promotores del separatismo no aceptan las sentencias del Supremo, ¿cómo vamos a exigir que expulsen de España a los inmigrantes ilegales que han llevado a Barcelona a esta triste y peligrosa situación, con el beneplácito y la vista gorda de sus autoridades?

Ay, qué pena, no llamar otra vez al buque Audaz y aprovechar el porte, pero para embarcarlos y devolver a tanto delincuente a sus países de origen…

Antonio Burgos ( ABC )