PERDER LA VERGÜENZA

Pasado lo peor, al menos por ahora, de la pandemia, el Gobierno y sus sectores de apoyo han perdido la vergüenza. En el sentido literal: aprovechando el alivio de la población ante el fin de las restricciones impuestas, han decidido salir en tromba a presumir de su gestión y a arremeter contra las críticas sin cortarse un pelo y sin el menor escrúpulo de conciencia.

A rienda suelta, aireando el monopolio de la decencia con ese desacomplejado sentido de superioridad que otorga proclamarse de izquierdas. Con los altavoces de su formidable aparato mediático a toda potencia y los resortes del poder apretados con máxima firmeza.

Sin sonrojarse siquiera por la colección de fracasos y mentiras acumulados en tres meses de tragedia. Se necesita mucha arrogancia y mucho descaro para imprimir camisetas con la cara del portavoz que encarna el paradigma de la ciencia al servicio de una política embustera. Pues ahí las tenéis, convertido en un Einstein sacándoos la lengua; os toman por idiotas y encima os hacen cuchufletas.

Negaron las evidencias del contagio. Permitieron por intereses sectarios la bomba vírica del ocho de marzo. Dejaron sin protección al personal sanitario. Fracasaron en la compra de mascarillas y las desaconsejaron.

Se negaron a efectuar test -porque tampoco los tenían- a pacientes con síntomas palmarios. Se desentendieron de la hecatombe en las residencias de ancianos. Nacionalizaron la sanidad pero despreciaron los recursos de los hospitales privados.

Decretaron un estado de excepción camuflado y lo utilizaron para burlar la transparencia de los contratos y para nombrar de tapadillo una pléyade de altos cargos. Rectificaron sus propias órdenes y protocolos sembrando un descomunal caos.

Hicieron de cada recomendación un engaño. Confundieron a la gente con mensajes antitéticos. Mintieron en la televisión, en las ruedas de prensa, en el Parlamento. Falsificaron las estadísticas de muertos.

Ocultaron las imágenes de las UCIs saturadas y de las hileras de féretros para transmitir la imagen alegre de un país feliz en el confinamiento. Se mostraron casi hasta el último momento incapaces de un solo gesto de respeto por los fallecidos o de empatía por los enfermos.

Convirtieron el pago de los ERTES en un descalzaperros. Presumieron de los millones de subsidios de desempleo. Y lejos de pedir perdón por todo eso, por una parte al menos, ahora salen pretendiendo blasonar de éxito.

Y les saldrá gratis, porque juegan con la memoria frágil de una sociedad permeable a la política indolora. De hecho saben que las encuestas no les pasan factura y piensan aprovechar la euforia para retomar la agenda de disrupción ideológica y crear con cargo a Europa una gigantesca red clientelar que agradecerá un tejido social en bancarrota.

Por qué van a disculparse si pueden exhibir la lengua burlona de Simón como símbolo de la impunidad de sus trolas.

Ignacio Camacho ( ABC )