PERIODISTAS MERCENARIOS

La publicidad comercial (o institucional) cercena seriamente la independencia periodística. Ser untado por un partido político avería innegablemente el invento. En los tres casos, se desvanece irreversiblemente la valiosa labor profesional de narrar hechos. Pero, indudablemente, el gran corruptor, hoy y siempre, el alcantarillado del Poder. Servicios secretos.

Los servicios secretos, la CIA macho alfa de la manada, compran periodistas a punta pala. Al menos, los alquilan, como solícitas putas. En España, por supuesto. Muchos plumíferos, en nuestra patria, amanuenses al dictado del poder cloaquero.

Además de los oscuros moradores de las alcantarillas, como escribíamos antes, políticos y altas finanzas sobornan a los escribas a precios muy majos. En definitiva, no es periodismo, tan solo burda y chabacana propaganda a la mayor gloria del amo y señor. Deliberadamente se miente, se traiciona y se oculta la verdad a la opinión pública.

Sobres de ida y vuelta

Trasiego perpetuo de sobres. Los cloaqueros o las instituciones financieras de turno filtran la información o, sin cortarse un pelo, envían transcrito el artículo o el editorial que desean publicar. Mejor a través del correo electrónico. Se hace “lobby” para troquelar en la opinión pública lo que será el “sentido común razonable” sobre las cosas, siempre en colmada y pletórica coincidencia con los puntos de vista de USA, UE o la OTAN. Del zumbado poder globalista.

El periodista mercenario, tan abundante, se deja mimar y engrasar por las agencias de inteligencia. Éstas utilizan “encubridores no oficiales”. En realidad, no trabajan en nómina como agentes. Es, en el fondo, una dilatada trama, de tintes mafiosos, de gente muy guay y enrollada, haciendo y haciéndose favorcitos entre ellos. Perrodistas significativos en nutridos países. En España, desde luego. No somos reserva, mucho menos espiritual, de nada.

Cambalaches, toma y daca, hoy por ti mañana por mí, entre copistas y agencias de inteligencia. Magnas cuantías de dinero, regalitos y viajecitos, flagrantes cohechos, pintiparadas exclusivas, reconocimiento público y relevantes progresos profesionales.

El fresco pastizal y los obsequios mutan continuamente de manos. Y las puertas, premio gordo, se hallan siempre abiertas para la olímpica acogida en grupos elitistas como la Comisión Trilateral, Atlantik-Brücke, paseítos por Davos y el Fondo Marshall. Por citar algunas, sin querer aburrir. Los que no colaboran, fulminantemente desterrados. Recuerden al Bilderberg Cebrián, perejil de todas las salsas.

Tertulianos, siervos

Por ejemplo, los contertulios, que casi siempre son los mismos, se hallan dadivados para que exhiban unas determinadas “opiniones”. Es decir, no sólo les paga la cadena televisiva (o radiofónica) correspondiente por la tarea realizada en la caja tonta, sino que además de ese desembolso hay otro, en negro negrísimo, por la verdadera tarea, la más enjundiosa, consistente en irradiar trolas de forma premeditada y extendida y, de paso, distraer a la opinión pública en beneficio de los amos del universo.

Todos los perrodistas actúan de forma semejante. Ofrecen una borrosa mascarada de diversidad y pluralismo. Juego de apariencias. Un pésimo chiste. Eje maestro, el turbador y patético consenso sobre ciertos asuntos. La demencia de género, la paranoia climática, la inmigración masiva, la digitalización, los atentados de falsa bandera, la buena imagen sobre maderos y militares, las energías libres, la medicalización de la sociedad, el silencio sobre los crímenes genocidas de los aliados y sus enredados vínculos con el narco, los millones de personas que mueren de hambre o miseria, cada día, por culpa de las psicóticas élites financieras. Asuntos nucleares que no deben cuestionarse.

Cuatro poderosas razones para que la manipulada chusma sodomizara con un palo al adalid norteafricano. Cuatro poderosas razones para mentir exquisita y sistemáticamente. Cuatro poderosas razones para postrar, aún más, la que pudo llegar a ser la más noble profesión del mundo. Y nunca lo fue. En fin.

Luys Coleto ( El Correo de Madrid )