El lunes 13 de enero de este año de desgracias de 2020 tomó posesión, en el Palacio de La Zarzuela, ante Su Majestad el Rey, el Gobierno de coalición social-comunista nombrado por Pedro Sánchez tras su investidura como presidente con el apoyo de los herederos políticos de la ETA y de los separatistas catalanes, aparte de los que en la Puerta del Sol, en sus tiendas de campaña Quechua, hablaban de «la gente» el 15-M y se han convertido en «la gentuza» del chalé y el parné al tocar poder.

Y me estoy refiriendo a Podemos, por si no ha quedado claro. En aquel acto solemne tomó posesión el mayor número de ministros que tiene ningún Gobierno europeo. Por decirlo con el estribillo que hicieron popular El Pulga y El Linterna con su Dúo Sacapuntas, eran concretamente, «veintidós, veintidós, veintidós».

Al contrario que en ocasiones anteriores de tomas de posesión de otros Gobiernos, allí no había Crucifijo alguno en la mesa donde estaba abierto un ejemplar de lujo de la Constitución de 1978, sobre el que los llamemos jurandos (que ninguno juró, todos prometieron) pusieron su mano derecha al pronunciar la frase de la fórmula legal.

Alberto Garzón, ministro de Consumo, el que no cree en el consumo, no le interesa el turismo porque no da valor añadido y ha acusado a «la posición de una Monarquía hereditaria que maniobra contra el Gobierno democráticamente elegido, incumpliendo de ese modo la Constitución que impone su neutralidad, mientras es aplaudida por la extrema derecha es sencillamente insostenible», dijo en aquel acto de La Zarzuela: «Prometo por mi conciencia y honor cumplir fielmente las obligaciones del cargo de ministro de Consumo, con lealtad al Rey, guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado, así como mantener el secreto de las deliberaciones del Consejo de Ministros y Ministras».

Pablo Iglesias, el que abiertamente ha lanzado su opción republicana como forma de Estado para esta España que está destruyendo solo o en compañía de sus colegas de investidura de Sánchez, dijo en aquel solemne acto: «Prometo por mi conciencia y honor cumplir fielmente las obligaciones del cargo de vicepresidente segundo del Gobierno y ministro de Derechos Sociales y Agenda 2030, con lealtad al Rey, guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado, así como mantener el secreto de las deliberaciones del Consejo de Ministros y Ministras».

Juan Carlos Campo, el que ante un micrófono abierto comentó que «se había pasado tres montañas» el miembro del CGPJ que al término de la entrega de despachos a los nuevos jueces donde el Gobierno había prohibido la asistencia de Don Felipe VI, gritó un sentido «¡Viva el Rey!», dijo en aquel lunes de enero, día 13 para mayor desgracia: «Prometo, por mi conciencia y honor, cumplir fielmente con las obligaciones del cargo de ministro de Justicia, con lealtad al Rey, y guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado, así como mantener el secreto de las deliberaciones del Consejo de Ministros».

Por encima de otras consideraciones y del silencio absolutamente descriptible con el que el presidente Sánchez ha reaccionado ante estas graves acusaciones a Su Majestad, sin desautorizar a ninguno de los que quieren cambiar el Régimen del 78 y la Monarquía Parlamentaria como forma de Estado, aparte de romper la constitucional unidad de España, pienso que uno de los aspectos más graves de nuestra triste situación es que nadie repudia el gravísimo hecho de que tenemos como gobernantes a unos perjuros que prometieron «lealtad al Rey» y han abierto la caja de los truenos contra la Monarquía y la Constitución que ni guardan ni hacen guardar.

¿O no tienen ni conciencia ni honor?

Antonio Buegos ( ABC )

viñeta de Linda Galmor