PESADOS PERO EFICACES

Tiene toda la razón Manuel Valls: los nacionalistas son muy pesados. Pesados y eficaces, le faltó añadir, porque su pesadez es tan constante, tan pertinaz, que termina rindiendo a los adversarios. Se quejó el candidato a la Alcaldía de Barcelona de que en la gala del premio Nadal uno de los galardonados saliese con la matraca del Gobierno «en el exilio» -léase a la fuga- y los políticos encarcelados, el habitual happening que en la Cataluña oficial corona cualquier acto, y de inmediato le cayó encima una cascada de críticas poniéndolo a caldo por estropear la fiesta con sus comentarios.

Le dijeron -¡¡a él!!- que había montado un número efectista premeditado y lo acusaron de sobreactuar su espectáculo. El del escritor premiado se ve allí con la plena normalidad con que se acepta la omnipresencia de los lazos, la arenga en el navideño «Mesías» de Haendel o la soflama que dio en TV3 un presunto Rey Mago. El soberanismo no perdona ocasión ni lugar para lanzar sus alegatos a favor de los dirigentes procesados; mantiene una estrategia implacable de ocupación de espacios.

Y si alguien osa protestar o disentir se convierte en un intruso españolista, un advenedizo indeseable y maleducado que profana el ficticio consenso identitario. Esa machaconería impone un lenguaje, un estado de ánimo, un pensamiento y un código de conducta uniforme en cualquier ámbito, y aplasta la discrepancia sometiéndola a acoso sistemático. Como ha podido comprobar el propio Valls, la fábrica de unanimidad funciona a todo trapo, sin respiro ni desmayo, hasta doblegar por miedo, por resignación o por fatiga al mismísimo Estado.

Porque entre el nacionalismo y el constitucionalismo existe una sustancial diferencia: el primero no desiste, no claudica, no flaquea. Mantiene su designio con una perseverancia a toda prueba y lleva creando mitos propagandísticos varias décadas.

En esa pertinacia, en esa recalcitrante voluntad sostenida con determinación tan monótona como terca, ha cimentado una hegemonía interna de enorme fortaleza ante un Estado siempre dispuesto a pactar armisticios o treguas, a autoengañarse buscando maneras más o menos disimuladas de sacudirse el problema. El conflicto secesionista no es, a fin de cuentas, más que la consecuencia lógica de un largo pulso entre la tenacidad y el aplanamiento, entre el empuje y la flojera. Incluso cuando llegó el momento de hacer frente a un crucial órdago de independencia, el artículo 155 fue aplicado con una suerte de languidez asténica.

Es en el aburrimiento de España ante su obsesiva tabarra donde el separatismo obtiene su cohesión y su fuerza; sabe que, al final, de un modo u otro, los agentes políticos nacionales se debilitan, se cansan de oponérsele y se repliegan. Y así será hasta que los constitucionalistas se convenzan de que la fijación nacionalista sólo se puede combatir con su mismo espíritu de firmeza.

Ignacio Camacho ( ABC )