Quiero pedir perdón a los católicos que siguen siendo la mayor Iglesia del planeta y con la que se identifica, todavía, la mayoría absoluta de los españoles para requerirles respuesta.

Quiero pedir excusas porque en estos momentos, en los que nos enfrentamos a uno de los mayores desafíos de la historia, me atrevo a creer que ni ellos ni su jerarquía pueden permanecer callados, con los ojos cerrados y los labios sellados.

Cuando está en riesgo la propia esencia del ser humano, cuando se pone en cuestión la naturaleza del individuo, se agrede a la familia, se quiere convertir en odio el amor de la pareja, en estériles sus frutos,… cuando se trabaja por la extinción de nuestra sociedad y nuestra nación, las gargantas no pueden continuar mudas y los pastores no pueden dar la espalda al rebaño que prometieron defender.

Es más cómodo callar, sin duda. Y la comodidad es la contrapartida que ofrecen los tiranos para mantenernos en silencio ante las agresiones a nuestra vida, nuestra libertad y nuestras ansias de progreso. Liberarnos de preocupaciones a cambio de entregar nuestra conciencia personal, de saber quienes somos, de borrar las raíces familiares, sociales y nacionales que nos hacen fuertes. Porque los humanos crecemos y somos dignos de tal nombre cuando nos enfrentamos a las dificultades, a los problemas y los superamos.

Quieren destruir el amor y la confianza en la pareja, quieren arrancar a los hijos de sus padres, borrar los lazos que nos unen a nuestros vecinos, que ignoremos nuestros miles de años en común, que no nos entendamos y terminemos enfrentados. Quieren despojarnos del sentimiento de la compasión, quieren convertirnos en asesinos y ladrones sin alma que vegetan sobre el trabajo de los demás e impasibles, ante la muerte de los débiles.

El Pan y Circo de antaño se han convertido, hoy, en migajas subvencionadas y la extensión de las adicciones para que ignoremos la pesadilla en que quieren hacernos malvivir.

Con un único objetivo: el poder absoluto, la dictadura, más o menos maquillada que se extienda hasta los últimos rincones de la vida de los ciudadanos.

Por eso quieren controlar, hasta el detalle, cada espacio vital, ahogar cualquier asomo de resistencia y liquidar la disidencia o, al menos, silenciarla. Imponer la ignorancia, la desinformación, el pensamiento único convertido en obligatorio, los grandes medio de comunicación colaborando, ministerios y organismos “de la verdad” entronizando la mentira, embelleciendo el horror, blanqueando a los criminales para ocultar la agenda del crimen.

Pido excusas, por creer que, a pesar de su enorme poder, los opresores no son omnipotentes. Pido disculpas, por constatar que cada vez hay mas resistentes que saben lo que está pasando y convierten su disgusto en acción. Pido dispensa, por opinar que la realidad terminará imponiéndose sobre las ficciones distópicas que quieren vendernos como el único futuro posible.

Y vuelvo a implorar que los creyentes de cualquier confesión, o los que no la tienen, se unan, con voz clara y potente, al torrente de los que no estamos dispuestos a otra cosa que no sea un mañana más libre, próspero y solidario.

Carlos Astiz ( El Correo de España )