Tiempo le faltó al «muy hogareño» vicepresidente segundo del Gobierno para filtrar, cuando aún no había terminado el Consejo de Ministros, que le estaba cantado las cuarenta a la ministra Celaá por su «falta de liderazgo» en lo referente a la vuelta al cole.

Habló Mahoma y dijo Alá. Él, que tiene lo de las residencias de mayores abandonado desde el día en que, saltándose la cuarentena obligada por tener el Covid-19 en el chalé de Galapagar, se fue a La Moncloa a gritar «dejadme solo», como los novilleros que se levantan tentándose la ropa después de recibir una voltereta, «que lo de las residencias lo arreglo yo; paso a encargarme de ese desastre».

¿Y qué hizo? Pues nada, absolutamente nada, de tal forma que los asilos siguieron siendo durante meses el principal punto de mortalidad. Lo cierto es que hace falta ser desahogado para, con semejante currículum de indolencia, echar en cara a alguien que hace dejación de funciones.

¿Qué pretendía Iglesias escenificando y difundiendo ayer ese presunto enfado en el Consejo de Ministros, ese aparatoso fingimiento digno -por lo que cuentan- de un arrebato de la mitad masculina del dúo Pimpinela? Pues que Sánchez saliera en el «Aló presidente» de después respaldándole públicamente cuando la prensa le preguntara sobre la imputación judicial de toda la cúpula económica de Podemos.

No se le fuera ocurrir secundar a Margarita Robles que en la víspera se mostró encantada con que se investiguen las cuentas podemitas. Y así fue. Sánchez entendió el mensaje. «Tiene mi total apoyo y total confianza». Más aún, a esa misma hora el PSOE echaba por tierra la petición de comparecencia de Iglesias para que explique en las Cortes la presunta financiación irregular y delito electoral de su partido.

¿Pero no era el PSOE el partido de la transparencia, el que iba a abrir las ventanas para que se aireara «la pestilente habitación que la derecha había dejado en España»? Y la comisión de investigación correrá la misma suerte porque las sospechas de corrupción se convierten en una «maniobra de la derecha» cuando señalan la izquierda del tablero.

Otra cosa es que sea cierto que Celaá sea una catástrofe como ministra, que lo es. Pero el numerito de ayer en el Consejo de Ministros de Iglesias, como el jotero que pone los brazos en jarras y gira su cintura afrentoso para echar una reprimenda, no tenía otro objetivo que recordarle a Sánchez que todavía tiene el poder de quitarle el sueño si, por ejemplo, osa orillarle en los presupuestos o le deja solo ante los tribunales.

Pimpinela ha llegado a La Moncloa.

Álvaro Martínez ( ABC )