PINOCHO, ENTRE EL PLASMA Y EL ESPEJO

Última reunión por videoconferencia con los presidentes autonómicos y, ¡alabado sea el cielo!, esperemos que última monserga sanchista antes del telediario. Por ahí, los españoles salen claramente ganando pues cada vez se hacía más cuesta arriba ese discursito paternalista, de folleto de autoayuda, sin un gramo de autocrítica o reconocimiento de los errores cometidos, con los que seguramente se puede llenar una enciclopedia.

Todo empezó con aquel discurso del «mira qué bien, la cantidad de queroseno que hemos ahorrado a la atmósfera», allá por marzo, y ha terminado con «estamos preparados para la nueva normalidad». Entre ambos mensajes 27.000 o 48.000 muertos (según si la cuenta la hace Simón o el INE) y un 10 por ciento del PIB (si no más) en la cuneta.

Pero vamos, que «estamos preparados» para cualquier cosa, que ya hasta hemos visto al ministro de Ciencia («Tenemos tanta mortalidad porque aquí fallece gente que ya se habría muerto en otros países») disfrazado de astronauta en pleno estado de alarma.

En casi todos sus ¡Aló presidente! Sánchez ha incluido severas críticas a la oposición, apartándose del discurso de Estado que requería la gravedad de la situación, sobre todo si entre cogotazo y cogotazo a la derecha incluía el presidente apelaciones a «la unidad de todos», imprescindible a su juicio para salir de este dramático escenario de muerte y miseria.

Ayer volvió a hacerlo, dijo estar dispuesto a hablar con todos los partidos a la hora de negociar los próximos Presupuestos para inmediatamente acusar al PP de intentar sacar tajada política de esta tragedia nacional y de dañar a España.

Curiosa manera de llamar a la concordia y a la tarea en común la de un político que se ha desenvuelto con tanta soltura entre la mentira y el cinismo y que a estas alturas aún no ha visitado un hospital o pulsado el ánimo de los sectores sociales, como día a día ha hecho el Rey, que ha dictado una extraordinaria lección de cercanía con el pueblo consciente de lo importante que es el ánimo de todos en estos momentos.

Lo del huevo y la castaña, porque Sánchez ha preferido atrincherarse en La Moncloa (al Congreso hubo que llevarle arrastras) entregado a gobernar por decreto y a ensayar ante el espejo (recuerden, «Pedro el guapo») adustas caritas de pena para luego leer lo que Iván Redondo le escribía en el teleprónter.

Nada de calle, todo plasma y «espejito, espejito…».

Álvaro Martínez ( ABC )