POBREZA DEMOCRÁTICA

No hacía falta que nuestra democracia tuviese la calidad de las escandinavas para salir del follón en que estamos envueltos. Bastaría que fuese la más elemental: «El que la hace, la paga». Si Adriana Lastra se excedió en sus atribuciones al firmar con Podemos y Bildu derogar íntegramente la reforma laboral, la dimisión era de libro.

Pero si contaba con luz verde del presidente, era éste quien tenía, por lo menos, que dar explicaciones. Y de haber dado la orden, someterse a una moción de confianza. Pero ni una ni otra cosa ha ocurrido.

Bien al contrario, desde que estalló el escándalo se ha intentado minimizarlo, encubrirlo, disculparlo, hacerlo olvidar, algo difícil, ya que los hechos están ahí, como testigos mudos de un gobierno manipulador, incapaz de reconocer sus errores e indigno de ser creído.

Vino a confirmárnoslo la plática sabatina del presidente. Arrancó con una mentira, «lo peor ha pasado», cuando la segunda crisis, la económica, sólo acaba de empezar y mucho apunta que va a ser la peor en un siglo.

En medio, con una cara más dura que la del carterista que se puso al frente de la multitud que le perseguía gritando «¡Al ladrón, al ladrón!», todo tipo de falacias, hipérboles, embelecos, incluido que si pactó con Bildu la derogación de la entera reforma laboral fue porque el PP no apoyaba su cuarta prórroga del estado de alarma, poniendo en peligro su Gobierno.

Con lo que se descubría: Pedro Sánchez siente auténtico pánico a la posibilidad de tener que abandonar La Moncloa y está dispuesto a hacer lo que sea para evitarlo. Pactando con los herederos de ETA, ha traicionado a su Gobierno, a su partido, a los españoles y, lo más grave, a las víctimas del terrorismo. Eso vale su palabra. Cero.

Pero esta vez le ha salido mal. Quien pinchó el globo fue la vicepresidenta económica, que calificó el intento de «absurdo y contraproducente». Más ajustado hubiera sido de «idiota y obsceno», pero ya me habrán oído que Nadia Calviño es una de las pocas personas en el Gobierno Sánchez capaz y seria.

Con un currículum de primera y un prestigio reconocido, viene aguantando desde el principio las tarascadas de Iglesias para implantar en España el sistema venezolano, que en realidad es el de Monedero, al menos le pagaron por él. Pero esta vez era demasiado. ¿Cómo iba a presentarse en Bruselas, donde se encargó de los Presupuestos, con los que prepara Iglesias?

Dio el puñetazo en la mesa y al menos consiguió corregir en parte la barbaridad. Aunque, fíjense bien; aún no sabemos cuál es el documento que se impone: el de Calviño o el de Iglesias, defendido buena parte por Sánchez en su plática. Menos aún sabemos su papel en todo el lío. Ni lo sabremos. Pero ya les decía que nuestra democracia no es de buena calidad.

Y por el camino que va, prorroga tras prorroga, terminará no siéndolo.

José María Carrascal ( ABC )