Podemos topa con los jueces. Si hace unos días se ratificó la imputación del partido por presunta financiación ilegal, en las últimas horas conocemos la solicitud del juez Manuel García-Castellón pidiendo al Tribunal Supremo la imputación de Pablo Iglesias, la desestimación por la Audiencia Provincial de Madrid del recurso de Irene Montero sobre las caceroladas, y la inadmisión de la querella (por dos tuits) contra el eurodiputado, y viejo conocido de esta casa, Hermann Tertsch. Como miembros del gobierno, les incumbe también la anulación por el TSJM de las restricciones impuestas por Sanidad.

Son reveses judiciales de desigual importancia, pero demasiado seguidos como para no significar algo. Esbozan perfiles de posible ilicitud en Podemos y confirman la existencia de una zona de fricción. Podemos topa, choca, roza, se da con la justicia y esto agravará en ellos un discurso de reacción contra los jueces que la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, ya formuló ayer: «Urgente renovar el poder judicial».

La renovación del poder judicial significa muchas cosas. Significa, por supuesto, renovar el CGPJ y los miembros correspondientes del Tribunal Constitucional, pero también su forma de elección (superar el consenso hacia la unidad de su mayoría).

Renovar el poder judicial es también lograr modificar la forma en que se accede a la carrera, considerada un mecanismo burgués de sesgada meritocracia. La carrera judicial presenta aún demasiados individuos no imbuidos del activismo transformador.

La renovación va mucho más allá, hasta el concepto mismo de justicia. Porque su justicia empieza a ser otra cosa, es la «justicia social», a la que desde dentro del sistema deben contribuir los jueces para poder ser considerados «democráticos».

Podemos ha extendido la idea de un «patriotismo sanitario», de batas blancas. Defiende «lo público», un Estado-niñera integrado por «los que nos cuidan». En esa visión, no precisamente compleja, las batas blancas lo merecen todo (cualquier esfuerzo fiscal ajeno), mientras que las togas negras son un obstáculo social. Por eso, los jueces, como la Corona, son «reformables» o «renovables».

(Acabado este texto, llega un tuit del inefable Gabriel Rufián: «Sanitarios currando, ricos contagiando y jueces prevaricando».

Quod erat demonstrandum).

Hughes ( ABC )