PODER A CAMBIO DE INFAMIA

Dónde pondrá Pedro Sánchez la línea roja, en el supuesto de que tenga alguna? ¿Hasta dónde será capaz de llegar con tal de conservar la poltrona? Su trayectoria invita a ponerse en lo peor, teniendo presente que esa expresión alcanzará significados crecientemente oscuros a medida que la conservación del cargo le pida más más infamia.

El diccionario de la lengua española define el término «infamia» como «descrédito, deshonra» y también «maldad o vileza en cualquier línea». El presidente del Gobierno encarna ambas acepciones a la perfección. Basó su campaña electoral en una gigantesca falsedad consistente en desvincularse de quienes son hoy sus sostenes en el poder, a sabiendas de que acabaría echándose en sus brazos a poco que le conviniese.

Aseguró que la presencia de Podemos en el Ejecutivo le impediría dormir tranquilo, en un guiño descarado a los votantes desencantados con Ciudadanos, y prometió endurecer la represión contra los desmanes del independentismo, tipificando como delito la convocatoria de consultas ilegales, con el afán de atraer a los restos dispersos de la izquierda antaño patriótica.

Obtenida una mayoría mucho más exigua de la que buscaba, apalancó su mandato nombrando vicepresidente a Pablo Iglesias y comprometiendo con ERC una mesa de negociación bilateral destinada a ser refrendada exclusivamente por los catalanes.

En otras palabras, mintió como un bellaco, aprovechando que la mentira no solo es impune en términos legales, sino enormemente rentable en política. Demostró carecer de principios. Se deshonró faltando a su palabra.

Traicionó lo más sagrado que tiene una persona, que es su credibilidad, y ahora remata esa vileza avalando con su silencio el respaldo expreso que brindan sus socios de gobierno y sus costaleros separatistas a los terroristas de ETA encarcelados por gravísimos delitos. O sea, a los servidores de la serpiente asesina. A los máximos exponentes del mal perpetrado bajo coartada ideológica.

Lo acaecido el sábado en Bilbao debería ser suficiente para apartar a Sánchez de la vida pública, como hacían los antiguos romanos al declarar infames a quienes se habían degradado con sus actos hasta el punto de perder todo crédito.

Él no acudió a la manifestación convocada en apoyo de los criminales etarras presos, pero tampoco ha condenado que lo hicieran todos y cada uno de los partidos que lo han llevado en andas hasta la Moncloa: Podemos, ERC, PNV y Bildu. Y él es el presidente del Gobierno. El dirigente que tiene la obligación de representarnos a todos, aunque no le hayamos votado. Su aquiescencia a semejante escarnio resulta escandalosa.

Millares de víctimas del terrorismo, millones de españoles de a pie nos sentimos profundamente avergonzados contemplando las imágenes de esa marcha ignominiosa, cuyos participantes coincidían únicamente en dos cosas: exigir privilegios para quienes segaron vidas inocentes en nombre del pueblo vasco y respaldar la presidencia de Sánchez.

Si el PSOE no tuerce el gesto ante semejante indecencia, si el grito indignado de José María Múgica resuena en la más absoluta soledad, en un desierto de cobardía donde el discrepante mira hacia otro lado, ¿qué cabe esperar a partir de ahora?

¿Quién pondrá el cascabel a los gatos Torra y Torrent, declarados en obscena rebeldía la Junta Electoral Central y al TS? ¿Quién garantizará que se cumpla la ley? ¿Qué esperanza quedará de que ésta sea igual para todos?

No estamos ante una cuestión de huevo ministerial, con titulares de cartera más o menos «progresistas», sino ante un asunto de fondo que atañe al fuero democrático. Eso es lo que está en juego en esta legislatura.

Isabel San Sebastián ( ABC )

viñeta de Linda Galmor