POLÍTICA LIQUIDA

Es inútil que mis colegas se empeñen en sacar a Pedro Sánchez con qué presupuestos va a gobernar o si indultará a los líderes nacionalistas procesados. No lo conseguirán por una razón muy sencilla: ni él mismo lo sabe. Dependerá de las circunstancias. Sánchez es uno de esos individuos sin principios -oportunista, okupa, mendaz le han llamado-, que van por la vida como si el mundo y sus habitantes les perteneciesen. ¿Por qué? Pues por creerse más altos, más guapos, más listos que nadie.

¿Acaso no volvió a dirigir el PSOE tras haber sido defenestrado y alcanzó la presidencia tras perder todas las elecciones? ¿Por qué no va a seguir en ella? La inmensa mayoría de estos sujetos se estrellan tras el éxito inicial, e incluso en los casos de auténticos genios, como César y Napoleón, acaban mal. La historia puede dejarse violar ocasionalmente por tipos osados y atractivos, pero la gravitación universal termina por restablecer el equilibrio. A Pedro Sánchez empieza a ocurrirle.

Su problema es que quienes le llevaron a la cima empiezan a no fiarse de él. Los nacionalistas ven que, pese a todos los guiños y prebendas que les hace, no va a darles lo que ansían: el derecho a la autodeterminación. Es más, sospechan de su ambigüedad en temas como los recursos ante los tribunales y no me extrañaría que temieran que, llegado el caso, aplicase el artículo 155, ¿acaso no apoyó a Rajoy al hacerlo? De ver en peligro su presidencia, sin duda lo haría.

Con Podemos le ocurre algo parecido, sólo que más grave: Iglesias sabe que Sánchez le está permitiendo un papel relevante en la política social que lleva por necesitar el voto en bloque de la izquierda. Pero sabe también que rivalizan en encabezar ese bloque. Es más, sabe que el compañero de viaje que Sánchez desearía a largo plazo es Rivera, para asegurarse el centro, desde donde se ganan las elecciones.

Es por lo que oímos en IU que «no puede gobernarse a decretazos». ¿Desde cuándo la extrema izquierda critica los decretos? Si Iglesias fuera vicepresidente, sería su mayor defensor y practicante. Pero no creo que le den esa oportunidad.

Hoy, a Pedro Sánchez sólo le queda en la manga la carta de advertir a sus socios: «Soy yo o la derecha». Pero todo tiene un límite. Ha convertido la política en algo líquido, en algunos casos, gaseoso. Para él, no existen principios, sólo situaciones cambiantes, con el único norte de «seguir en la Moncloa a cualquier precio». Hay que reconocerle resistencia y osadía, rayando en la temeridad.

Pero desilusionar a todos tiene como resultado, no ya el fracaso personal, sino el desastre de una nación. Palabras mayores.. El gran error de Sánchez es creer que cuanto más se mantenga en el poder, más se afianza en él. Cuando es todo lo contrario: cuanto más practique su política líquida, más enemigos tendrá y mayor será su desgaste. De hecho, se está hundiendo en ella, como en arenas movedizas.

José María Carrascal ( ABC )

viñeta de Linda Galmor