EL 155 BLOQUEA A LOS SEPARATISTAS

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EL 155 BLOQUEA A LOS SEPARATISTAS

La aplicación del artículo 155, que ha sido sin ningún género de duda la medida más relevante, contundente y dura que un Gobierno ha tomado desde la recuperación de la democracia, tuvo severas críticas desde el primer instante de su anuncio por su supuesta blandez y por la todavía más supuesta victoria que iba a suponer para los independentistas. La voz de la España más cerril, menos culta y que más ha contribuido a enconar este y tantos otros problemas, se alzó contra el presidente Rajoy y su decisión.

No han pasado ni tres meses desde que entró en vigor y el balance de su aplicación no puede ser más desolador para el independentismo ni más alentador no sólo para el Gobierno sino para el desarrollo de una idea de España en Cataluña, que no sólo no ha hallado ninguna objeción sino que ha sido recibida con alivio y esperanza.

Tras la aplicación del artículo 155, el tema de la campaña electoral y de los años que vendrán ha dejado de ser la independencia para pasar a ser el de la excarcelación de los presos o el del regreso del forajido. La independencia se ha desvanecido y ahora tenemos un problema personal o varios problemas personales, que ya no ponen en cuestión ni la continuidad del Estado ni nada que no sea «salvar el culo» -según expresión de Francesc «Quico» Homs, que como una prueba más de la decadencia de Convergència y de su entorno, vuelve a tener un cierto protagonismo en la definción de su estrategia política, desde Bruselas, junto al expresidente Puigdemont. Todos suplican, nadie exige nada.

Pese a que el presidente Rajoy ha sido quien ha tomado la durísima decisión de intervenir el autogobierno de Cataluña, no es el principal enemigo de ninguno de los líderes del independentismo. Ni de Puigdemont el fugitivo, ni de Junqueras el preso. Se odian mucho más entre ellos. Y la guerra del independentismo ya no es contra el Estado sino entre ellos, hasta el punto de que la repetición electoral es hoy más plausible que Esquerra se trague la mentira del regreso de Puigdemont -si finalmente no se produce- o que el entorno de Puigdemont renuncie a su suledo -porque al final siempre es esto- si el forajido no es investido.

Y siendo todo ello importante es menor al lado de que con la aplicación del artículo 155, por primera vez en la Historia, el Estado pone al nacionalismo catalán ante sus responsabilidades y se las reclama. Es algo más que castigarle, como hizo Franco. Es ponerle ante sus actos, y ante las consecuencias de sus actos, y pedirles todas y cada una de las responsabilidades. Los que se fugan, los que se quedan, los embargados.

Los inahbilitados, los que están todavía pendientes de ser juzgado. España es un Estado maduro, sólido, y adulto, y por primera vez va a tratar como a adultos a los críos del independentismo, que vivieron siempre del farol y del amago, de la queja infantil, llorona y que tan rentable les había resultado. Mas cobraba cuando lloraba como consejero de Economía de Jordi Pujol. Ahora tendrá que pagar hasta la último euro de su primer acto adulto, y no porque él y los suyos decidieran que lo fuera, sino porque por primera vez el Gobierno, y el Estado, los ha tratado como tales.

Salvador Sostres ( ABC )

viñeta de Linda Galmor