EL 155 Y EL DERECHO A RECUPERAR LA CONVIVENCIA

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EL 155 Y EL DERECHO A RECUPERAR LA CONVIVENCIA

Los días de titubeos, cálculos e inacción política tocan hoy a su fin. El Consejo de Ministros va a aprobar las medidas que remitirá al Senado para aplicar el artículo 155. Como dijo ayer Rajoy, “no puede haber una parte del país donde la ley no exista”. Y es obligación de los poderes legítimos del Estado restaurar el orden constitucional en Cataluña y garantizar la convivencia de sus ciudadanos, quienes sufren ya las consecuencias del desastre al que algunos se empeñan en arrastrarlos.

Desechemos de una vez la burda propaganda. Con la activación del 155 ni se acaba con el autogobierno catalán -sino que precisamente se restaura, devolviendo la normalidad a unas instituciones secuestradas por el separatismo- ni bajará azufre del cielo para convertir Barcelona en Sarajevo. El inadmisible intento de secesión nos ha instalado en la excepcionalidad. Pero, llegados a este punto, el artículo 155 se inscribe en el mero ejercicio democrático regulado por nuestras leyes. Lo que hoy comienza es la oportunidad del Estado de derecho para coser una brecha en la convivencia que no dejaba de agrandarse.

Por ello, confiamos en que el Gobierno y los principales partidos constitucionalistas que lo apoyan no contemplen la activación del 155 como un instrumento meramente accidental, como un trance ingrato destinado en exclusiva a la convocatoria de unas elecciones autonómicas en Cataluña, y a ver si escampa. No: la aplicación tiene que ir acompañada de decisión política y protagonismo pedagógico. Se trata de reivindicar “el deseo sincero de convivencia y de entendimiento, en el respeto de las normas y de las reglas de la democracia”, en palabras expresadas por el Rey en el sólido, pero también esperanzador, discurso que pronunció ayer durante la entrega de los Premios Princesa de Asturias.

En coherencia con su mensaje a la Nación de principios de mes, Don Felipe insistió en el saludable orgullo de lo que representamos como españoles, que no es más que la enriquecedora voluntad de vivir juntos los distintos. Hizo hincapié en los muchos motivos que tenemos para renunciar de una vez a cualquier estúpido y trasnochado prejuicio ajeno a una patria común moderna, inspirada por los principios del liberalismo humanitario europeo, abierta, de ciudadanos iguales, en la que dentro de la ley tienen cabida todas las ideas, todas las discrepancias. Esa España del siglo XXI, “de la que Cataluña es y será una parte esencial”, como subrayó el Rey, “debe basarse en una suma leal y solidaria de esfuerzos, de sentimientos, de afectos y de proyectos”.

Mucho se ha echado de menos hasta ahora un verdadero liderazgo político que conciencie a los españoles de lo que supone el órdago independentista. Que a todos nos convoca e interpela. Que no es un problema que corresponde resolver únicamente a los políticos. El futuro democrático de España, el bienestar social, el mantenimiento del marco de libertades que con tanto esfuerzo hemos construido a lo largo de las últimas cuatro décadas conforman un patrimonio colectivo que a todos nos compete defender cuando vienen a robárnoslo. Sólo desde esa asunción de responsabilidades podemos luego exigir acierto a nuestros dirigentes.

No podemos resignarnos al fatalismo o la desafección. Los españoles tenemos derecho a mantener la aspiración de convivir, a seguir recorriendo el camino de progreso y libertad que ayer admiraron en Oviedo los máximos dirigentes de la Unión Europea. Para preservar que todos sigamos cabiendo en esta España se activa hoy el famoso artículo 155. Para nada más, para nada menos.

El Mundo

 

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