EL ADIÓS DE UN HOMBRE TRANQUILO

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EL ADIÓS DE UN HOMBRE TRANQUILO

Respetado por todos menos Sánchez, la brújula del PSOE en tiempos de cólera vive su epílogo con la sensación de que España necesitaba dirigentes templados como él. Ésta es su historia.

Javier Fernández Fernández es una rara avis en la izquierda española. Su abuelo materno fue asesinado en uno de los infaustos paseíllos que acaban con fusilados en la tapia de un cementerio, el reverso de una misma moneda guerracivilista de checas, sangres por ambos lados y, finalmente, represión del vencedor.

Y sus tíos, dos de ellos, se lanzaron al monte al terminar el conflicto fraternal en el 39, para cargar con escopetas furtivas en uno de aquellos maquis que resumió la romántica resistencia a un Franco ya plenipotenciario. En esa época, con la Guerra Civil marcada a fuego en sus genes familiares, nació en la muy asturiana Mieres un lejano 1948.

Tenía pedigrí para repetir alguno de los mantras guerracivilistas que, otros militantes de izquierdas sin edad ni memoria pero sobrados de osadía, esgrimen aún hoy en día en público para recuperar una retórica frentista de bandos tan absurda como práctica. Al menos para ellos.

Pero jamás lo hizo. De su boca nunca salió una palabra que reprodujera en el presente su dolor familiar del pasado, tal vez porque era consciente como pocos del peligro que eso suponía.

No es el único gesto de altura de miras del ahora presidente de Asturias, que dejará en breve la presidencia de la Gestora del PSOE y no renovará al frente de los socialistas asturianos.

Otro detalle de su currículo denota la sencillez de un hombre tranquilo y el contraste con quienes, dentro de su propio partido, le quieren lejos, con Pedro Sánchez al frente de todos ellos. Acostumbrados a ver cómo la política se ha convertido en la única profesión reconocible de una nueva generación de dirigentes que no ha hecho otra cosa en su vida; Fernández llegó a la tarea con 43 años cumplidos y unos cuantos de ellos cotizados: era Ingeniero de Minas, de los de mancharse de mohín y polvo para hacer sus comprobaciones, y a esa dirección general accedió en el Gobierno asturiano a mediados de los 90.

Para muchos, Fernández era el hombre tranquilo que necesitaba el PSOE y aún más España, el señor de provincias que sabía muchas cosas por experiencia y nunca hablaba por hablar: una enfermedad le retiró de la puja por encabezar de verdad el PSOE, a quien puso las bridas que pudo mientras espantaba avispas internas con discretos manotazos.

El nuevo secretario general no le ha perdonado que fuera uno de los promotores de la Gestora; pero tampoco le ha agradecido que le dejara dimitir para esquivar el ‘despido’ previsto en aquel famoso Comité Federal de octubre.

Cuando lo deje Fernández no se irá al monte, a ejercer de maquis de una izquierda en la que no se reconoce; ni tampoco bajará a la mina. Verá probablemente el horizonte desde Mieres, entre praderas verdes y un viento ligero que, tal vez, le lleve susurros preguntándole si algún día, de algún modo, tal vez pueda regresar.

El Semanal Digital

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