ALBERT: LA FLAUTA DEL PÁNICO

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ALBERT: LA FLAUTA DEL PÁNICO

Ya se agitan los pezones de los árboles, se intuye la alimaña feroz de la primavera. Como los políticos nos cuentan como a las ovejas y a los soldados, en la primavera que viene habrá elecciones municipales y nos volverán a contar. Aún no está claro si los Presupuestos podrían provocar unas generales anticipadas.

En las encuestas ha empezado a sonar la flauta de Albert que, como la de siete cañas de Pan, ha derivado en pánico. Ciudadanos era la cuarta fuerza y ya es la primera. Aquel voto diletante de otras elecciones -el de los pijos que fardaban votando verde o el de los intelectuales que apoyaban a Tierno– ha pasado de ser un voto inútil a un voto imprescindible.

La eterna lucha entre los gracos -tribunos de la plebe, que ahora se llaman Podemos- y los optimates -que significa los mejores, y ahora se llaman Ciudadanos- ha terminado con el triunfo de los segundos. Además de adelantar por la derecha a los rojos a la violeta, pasan por la izquierda al PSOE y dejan atrás al PP, al que se quieren madrugar.

Un político de fortuna -palabrista, que seduce ninfas y banqueros- provoca pavor en la derecha, en la izquierda y en los nacionalistas con la siringa de Macron. Como el presidente francés, defendió a Europa del populismo supremacista. Es un patriota constitucional, al estilo de Habermas, de la Escuela de Fráncfort. Afirma que el patriotismo tiene su origen en la izquierda y el nacionalismo en la ideología xenófoba.

Mientras una izquierda desorientada pedía indultos y quitas a los nacionalpopulistas, Rivera y Arrimadas defendían el Estado de derecho. Fueron apoyados por más de un millón de catalanes, entre otras razones porque tuvieron el coraje de decir que nos estábamos jugando España. El PSOE, tercero de la fila, pierde casi un millón de votos y el PP, un millón y medio.

Leyendo a Étienne de la Boétie descubres que, ya en el siglo XVII, Europa rechazaba los liderazgos carismáticos. Dijeron que el secreto oculto de la dominación no radica en escuadrones de caballería o la vigilancia de los espías, sino en un entramado de costumbres corruptas, una servidumbre voluntaria de los ciudadanos a un gobernante, que empieza con cinco o seis favoritos que le rodean, los cuales, a su vez, corrompen a otros 600; y éstos, a 6.000; y la bola sigue.

Los ciudadanos estúpidamente se obligan a creer en lo que creían, aunque ya no les sirva. He ahí el PP, a merced de los trincones y cantarras, deshonrando a los dirigentes del partido, confirmando las mordidas. Aquellos votantes del PP que se tapaban las narices para votar, ante estas escenas del pringue han decidido apoyar a un partido limpio de mangue y tarugueo.

Raúl del Pozo ( El Mundo )