Almodóvar, el desaparecido

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Almodóbar, el desaparecido.

Si Pedro Almodóvar fuera político, habría clamor popular por su dimisión inmediata. Sin explicaciones siquiera, sin presunción de inocencia. Por sociedades en paraísos fiscales y por mentir. Y si fuera un político de la derecha, pongamos que Rita Barberá, muchos también pedirían la dimisión de su jefe, pongamos que Albert Rivera, ayer, en la entrevista de Carlos Herrera en Cope, porque, dice Rivera, Rajoy no ha evitado lo de Rita y eso le descalifica para liderar un Gobierno de regeneración democrática en España, aunque los mismos fracasos no descalifiquen para tal cosa a Pedro Sánchez, ni siquiera a él mismo.

Pero Almodóvar ni es político ni será imputado, quizá porque «arregló» su asuntillo de Panamá, o eso ha contado su hermano. Y porque tampoco hay manera de probar los asuntillos de los paraísos fiscales; entre otras cosas, porque no hay manera de que colaboren los paraísos fiscales en cuestión, de ahí su nombre. Pero el caso es que ha desaparecido de la faz de la Tierra justamente ahora que muchos queríamos preguntarle por Panamá. Sin que la izquierda haya mostrado asomo alguno de escándalo, desaparecida también esa indignación que la posee cuando un rico insolidario se lleva el dinero a los paraísos fiscales para no contribuir a la igualdad de su país. Convencida quizá de que Almodóvar pagó religiosamente sus impuestos en España pero quiso tener una sociedad en Panamá para montar una fundación solidaria o algo así por aquellas tierras.

No lo sabremos porque Almodóvar está desaparecido. Y ha perdido toda aquella labia gastada durante años para soltar las conocidas barbaridades sobre el PP y la derecha. Lo de Pedroche, esa votante de Izquierda Unida que odia a «las pijas malas que llevan perlas y son del PP», se queda corto al lado de lo de Almodóvar. Y Pedroche ha pedido perdón, bien es verdad que quizá porque casualmente es imagen de una firma italiana de joyas que también tiene perlas, ayyyy… Pero Almodóvar jamás pidió perdón, lo suyo, la intolerancia y el odio a la derecha, ha sido reiterado a lo largo de muchos años. Tanto es así que con él hice una excepción y declaré mi primer boicot a un creador. Tuve tentaciones de jovencita con otro boicot a todos los pensadores misóginos y machistas, pero me lo pensé dos veces y contuve mi ardor juvenil, cuando me di cuenta de que no iba a poder leer a una buena parte de los grandes intelectuales de la historia, y a unos cuantos del presente.

Con Almodóvar, afortunadamente, no me he perdido nada, porque le abandonó todo aquel gran talento de sus primeras obras. Como no he sido muy consecuente con mi boicot, tampoco cambié de canal cuando apareció una de sus últimas películas en mi pantalla, pero tuve que cambiarlo minutos después, por el bodrio, no por mi boicot. Pero Almodóvar me sigue interesando enormemente, no por su talento perdido, sino por su simbolismo para explicar la cultura política del populismo. Y la del progresismo. Esa construcción del rechazo a los políticos como representantes de todos los males frente a una sociedad civil honrada y explotada, aunque tenga sociedades en paraísos fiscales y aunque contribuya con entusiasmo a ese 20 o 25%, calculan algunos, de economía sumergida.

Y esa construcción de la cultura política del progresismo español, lo otro es propio de todo el planeta democrático, de rechazo a la derecha como representante de la riqueza, de la explotación, de la corrupción o del elitismo. Por obra y gracia de ricos directores de izquierdas con sociedades en paraísos fiscales que desaparecen cuando tienen que dar explicaciones.

Edurne Uriarte ( ABC )

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