Anatomía de un resentimiento

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Anatomía de un resentimiento

La permisividad con los manteros de Ada Colau, y de otros alcaldes de su calaña, es el mejor ejemplo para comprender el resentimiento del que viene la extrema izquierda.

Los manteros son ladrones que perjudican a las grandes empresas y a sus grandes plantillas de empleados; así como a pequeños y medianos comerciantes que con su afán diario crean riqueza y pagan con sus tributos los llamados derechos sociales, que no existirían si no fuera por tan generoso patrocinio, por mucho que ladraran los sindicatos.

Que nos apenen las circunstancias personales de algunos de estos delincuentes no significa que tengamos que promocionar sus tropelías: primero porque la solución para el yonki nunca fue servirle otra dosis, y luego porque dejarles hacer significa perjudicar de un modo intolerable, e irreversible, a los que cumplen con la Ley y pagan sus impuestos.

Pero en Ada Colau y en su banda el odio es tan atroz, y es de un modo tan delirante su único argumento, que son capaces de favorecer a los ladrones por darse el capricho de perjudicar a las grandes multinacionales, aunque sea al precio de dejar en el paro a tantos y tantos trabajadores honrados a los que dicen defender, y de llevar a la ruina a los pequeños y medianos comerciantes que de un modo tan fundamental nutren el tejido económico de nuestro país y conforman la clase media, que es la que precisamente evita que crezcan las diferencias entre ricos y pobres.

Los manteros y su tolerancia con ellos son el modelo económico de esta extrema izquierda que se presenta como nueva política y que resulta ser tan vieja como el trueque y los rateros, tan retrógrada como el movimiento ludita o como el ecologismo, y tan venenosa en su rabia como la CNT o la FAI. El escrache y la checa son su diálogo a través del tiempo.

España se libró el domingo de algo más que de una victoria de la izquierda. Salvamos el cuello. Por los pelos pero lo salvamos. Y con él, nuestro sistema de libertades basado en la economía de mercado y en la propiedad privada, que junto con seguir vivos, es el único modo de poder ser luego compasivos y solidarios.

Pero el cáncer del populismo continúa incrustado en muchas de nuestras instituciones y hay que insuflar democracia y libertad, como un insecticida, hasta el más recóndito de los rincones.

Salvador Sostres ( ABC )

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