ANNA GABRIEL, COMO UNA REINA

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ANNA GABRIEL, COMO UNA REINA

Cuando triunfó la Revolución Gloriosa, Isabel II estaba de vacaciones en San Sebastián y decidió irse al exilio. El marqués de Alcañices intentó convencerla para que no se fuera: “Señora, ¿va a renunciar a la gloria?”. La reina contestó: “Mira, Alcañices: la gloria, para los niños y el laurel, para la pepitoria. Yo me voy a Pau”. Isabel II estuvo 36 años en el exilio y sentía tanta melancolía por España y era tan fanática del jamón, que se agarraba al pernil como si fuera el trono.

Anna Gabriel, la efigie carismática de la CUP, con su flequillo-hacha, sus arillos y sus camisetas-consigna, se ha aparecido en Suiza sin uniforme antisistema declarando que no descarta pedir asilo. La agitadora empezó su odisea así: “Soy Anna Gabriel. Puta, traidora, amargada y malfollada por querer unos Països Catalans libres y feministas”. Ha terminado escapándose como una reina. Pedro Sánchez la acusa de hipocresía; Juan Carlos Girauta, de irse a un país barato y discreto; Albert Rivera ve en la fuga de la anticapitalista la viva estampa de la cobardía y la “coherencia” de los políticos golpistas del procés.

Algunos dirigentes de la rebelión están huidos; otros, presos; los procesados siguen compareciendo ante el Tribunal Supremo. Ni en unos ni en otros hemos visto actos sublimes. Mejor será así -si era cierto que es desgraciada la sociedad que necesita héroes-, pero canta mucho que los gallitos de la república se hayan venido abajo al verse entre puñetas y casaderas, culpando a compañeros de asonada de sus propios actos. Quizás piensen con acierto que el soldado que huye vale para otra Diada.

Vivimos en plena era del vacío, en la que, según Lipovetsky, ya pasamos de la lógica del sacrificio, carecemos de una idea gloriosa de nosotros mismos. Pero, precisamente, el martirio sigue vigente en la épica sangrante del nacionalismo frente a las ideas blandas del pacifismo, el ecologismo, el feminismo, en este momento histórico que alguien definió como un anarquía no sangrante.

Enric Juliana compara la sublevación de ahora con la que hubo en la República el 6 de octubre de 1934. Entonces, sólo huyó por el alcantarillado el traidor Josep Dencàs. Los demás fueron apresados por el Ejército, conducidos al buque-prisión Uruguay y condenados a 30 años por rebelión. Ninguno se rajó. Escribe Juliana: “Aún no había llegado la posmodernidad y la transformación de la vida y la política en relato líquido. Las palabras tenían otro valor y la política no era una carrera profesional”.

Quizás por esas razones se desdicen frente a la plaza de Las Salesas. O quizás porque quedan pocos héroes ante un dentista o ante un ropón del Tribunal Supremo.

Raúl del Pozo ( El Mundo )