El bipartidismo envejece a la «nueva» política

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El bipartidismo envejece a la «nueva» política

El puñetazo en el tablero político dado por Pedro Sánchez con su moción de censura no solo ha «jubilado» de modo inopinado al Gobierno del PP, sino que también va a obligar a un replanteamiento profundo de las estrategias de cada partido, y a una revisión de los cánones basados en cuatro años de fragmentación parlamentaria, bloqueos y vetos continuos.

Podemos llegó a hurtar tres millones de votos al PSOE, y sumó dos más de una extrema izquierda que hasta entonces permanecía silente y desmotivada. Ciudadanos se bautizó como marca nacional arrebatando banderas y mensajes al PP, en un crecimiento constante y progresivo. Mientras, los dos clásicos del bipartidismo agonizaban frente a todo ese empuje de nueva estética regenerativa y populista, sin más capacidad de reacción que una impotente resignación.

Hoy, la forzosa salida de Rajoy, la inminente convocatoria de un congreso de sucesión, y la reactivación de Pedro Sánchez -de tercero en el CIS a presidente del Gobierno en dos semanas- ha oxigenado al bipartidismo, y empieza a estrechar el foco político y mediático a Podemos y a Ciudadanos. Rivera ya es consciente de que no basta un «canutazo» elocuente ante la prensa para que todo le salga bien. Y Pablo Iglesias ha empezado a ser víctima inexorable de sus propias contradicciones, su aburguesamiento político y la fractura interna en Podemos.

El PSOE, por eufórico y explosivo, y el PP, por deprimido y necesitado de una reconstrucción desde la base, recuperan desde extremos anímicos antagónicos la iniciativa sociológica, y una expectativa de futuro de la que hasta hace unos días carecían. En apenas unas jornadas, las luces se han tornado en sombras para Podemos -porque ha quedado reducido al papel de marioneta útil de Sánchez sin premio ni recompensa-, y para Cs, por su sobreactuación contra Rajoy. Rivera se ha quedado sin «target» ni «sparring».

El PP no tiene ahora un problema de replanteamiento de estrategias, o de adaptación de tácticas al nuevo escenario. El PP tiene un problema sucesorio de liderazgo que se ha conjurado para resolverlo con máxima urgencia. A mitad de julio como plazo máximo. En su congreso extraordinario, el PP no debatirá programas, iniciativas, o realineamientos ideológicos. No habrá retórica política.

Necesita un nuevo líder después de catorce años y sin escenificar una fractura interna, manteniendo la unidad corporativa y sacudiéndose el sambenito de una corrupción galopante. Esa es la única y relevante prioridad. Después de entronizar a un nuevo líder, llegará el momento de reactivar un proyecto conservador y moderado que le permita presentar a Ciudadanos como un partido desleal, inoperante, bisoño y carente de experiencia de poder. Pero solo después de designar un nuevo liderazgo y diseñar un entorno empático con la sociedad basado en los valores clásicos de la derecha democrática europea.

El golpe estratégico de Sánchez ya está dado. No necesita idear estrategias de acceso al poder. Tiene La Moncloa. Tiene el poder. Y tiene a un Gobierno en el que se entremezclan la experiencia política, la tecnocracia gris del eterno gestor a la sombra, el viejo socialismo unido con el nuevo, y la cosmética propagandística.

Tiene Ejecutivo pero no cómo gobernar, porque el separatismo es insaciable y nada de lo que se «dialogue» será suficiente para aceptar su chantaje al Estado; y también, porque a priori le servirá de poco la «cintura» que Rodríguez Zapatero invocó en su día para cuadrar la aritmética parlamentaria. Sánchez tendrá un doble objetivo: anular a Podemos como mecanismo de protección y autodefensa del PSOE. Y fraguar una imagen institucional de presidente a la europea con visión responsable de la acción de Gobierno, para poder concurrir a las elecciones con un semblante distinto al de aquel líder de la oposición obsesionado con su sectario «no es no». Su equipo de diseño «cool» así lo acredita.

Algo ha dejado de funcionar en Podemos. Ni su mensaje cala como antes, ni el discurso antisistema basado en el hartazgo de un bipartidismo caduco es ya efectivo. Podemos se bautizó a sí mismo como un partido sociológico transversal. Pero era solo la cobertura dialéctica que ocultaba una extrema izquierda populista que pronto se sumó a los enjuagues y vicios de los partidos tradicionales.

Iglesias se ha dejado utilizar por Sánchez bajo la excusa de «echar a la derecha». No intuyó que el juego ya no va de derecha o izquierda, sino de Sánchez o Iglesias. Y el estoconazo del socialista fue fulminante. Es razonable pensar que su oposición a Sánchez será frontal toda vez que el PSOE no quiere a Iglesias como socio ideológico de nada, sino como marioneta útil para sumar escaños frente a la derecha. Pero nada más, al menos en la actual coyuntura, en la que Podemos queda forzado radicalizar su discurso.

A los ojos de buena parte del electorado del PP defraudado con Rajoy, Ciudadanos ha quedado como una suerte de rasputín político al que se le ha ido la mano. El impulso gaseoso de las encuestas es una cosa, y otra distinta la realidad de contar con 32 escaños. Rivera se ha cegado y ha podido confundir las expectativas sobredimensionadas con la vertiginosidad con la que todo sucede en política.

A Rivera debe preocuparle el nuevo liderazgo del PP porque Génova ha tocado fondo y, surja quien surja en su nueva presidencia, solo podrá crecer. Y lo hará a costa de esos votantes virtuales que habían huido en bloque a Ciudadanos. La sociedad sigue polarizada, pero ahora apuntará de nuevo a enfocar un «renovado» bipartidismo frente a la «nueva» política que ha envejecido veinte años en una semana sin darse cuenta.

Manuel Marín ( ABC )