CALMA CHICHA

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CALMA CHICHA

No sé cuán apasionante fue el debate parlamentario sobre si los animales son cosas o seres vivientes que, así formulado, tanto recuerda al de la Junta de Valladolid en San Gregorio donde Bartolomé de las Casas abogó por la posesión de un alma por parte de los indígenas de América. Lo de ayer en la sesión de control fue menos divertido y de hecho, por su falta de pulso y de nivel, recordó en qué poquita cosa se queda nuestro congreso cuando no hacen su show personajes como Rufián o las «strippers» de las Femen, a las que a veces todavía añoramos en la modorra de la tribuna de prensa.

Margarita Robles planteó una pregunta muy genérica, como de balance total de una legislatura, que por una parte nos pareció dispersa y por otra nos trajo el recuerdo de una costumbre parlamentaria completamente perdida: la del debate sobre el estado de la nación. Con la importancia que llegó a tener, tanta que Iglesias organizaba en un teatro debates paralelos en los que discutía con una silla vacía cuando aún no cataba escaño, y ahora ni se celebra, ni se convoca, ni nadie parece echarlo de menos.

Tal vez ocurra porque el estado de la nación ha quedado reducido a un solo asunto, Cataluña, sobre el cual ayer discutieron Rajoy y Campuzano empleando exactamente los mismos argumentos que llevamos escuchando todo el último lustro: ley vs. legitimación natural, determinista, del único y monolítico pueblo catalán nacionalista. Fue un intercambio que sonaba muy pre-155 y que coincide con un momento en que a los amotinados parece habérseles pasado el susto y vuelven a deslizar en sus comparecencias electorales advertencias acerca del regreso a la unilateralidad.

Todo mientras el PP va a lograr la increíble proeza de convertirse en un partido residual en Cataluña porque Ciudadanos le robó el personaje cuando el ambiente social era el más favorable que allí hubo nunca para levantar una bandera alrededor de la cual concentrar a todo el «off-nacionalismo». Es raro que esto haya sucedido, habida cuenta de que la Infalible Vicepresidencia abrió allí una oficina taumatúrgica dedicada a la salvación de España.

La última pirueta de Pablo Iglesias, ensayada ayer durante el debate, consiste en intentar pasar directamente, sin descompresión, de dinamitero de la Constitución a único intérprete y defensor de ésta. No sólo no quiere destruirla ya, no sólo ha dejado de considerarla la coartada orgánica del «franquismo lampedusiano» que viene décadas demorando la Transición auténtica que él iba a hacer. Sino que además es su único y celoso protector ante todas las profanaciones que cometen los demás.

A raíz de la algarada catalana, la Constitución cobró un matiz nuevo relacionado con ese sentido de pertenencia a España del que ni siquiera la socialdemocracia reniega. Iglesias ha decidido, no sólo no autoexcluirse de ello, sino apropiárselo como antaño trató de apropiarse de la sanación de los heridos por la crisis y del castigo a los corruptos. Pero para esto llega tarde y está demasiado marcado por la complicidad con los independentistas con la que contribuyó a agredir todo aquello que ayer fingió defender de los demás.

David Gistau ( ABC )