Catalanofobia

emblema

Catalanofobia.

A muchos españoles les habría gustado que el reciente congreso de la UGT hubiese sido el de la regeneración ética y política de un sindicato agujereado por la corrupción y las prácticas clientelistas de su hipertrofiado aparato de poder. En vez de eso -apenas una breve y abstracta autocrítica del líder saliente, Cándido Méndez-, la nueva dirección ha orillado el debate renovador para autoproclamarse fruto de una «derrota de la catalanofobia», ya que el flamante secretario general es abierto partidario de un referéndum de autodeterminación para Cataluña. Según el emigrado asturiano Josep María -antes Pepe- Álvarez son catalanófobos, pues, todos aquellos compañeros que no lo han votado y desde luego los millones de ciudadanos opuestos a la consulta soberanista: una propuesta que atenta contra la igualdad de los españoles al quebrar el concepto de soberanía nacional conjunta. He aquí el retrato del estereotipo victimista del nacionalismo, que tilda de catalanofobia el deseo afectivo, político y social de que Cataluña siga formando parte de un proyecto civil compartido.

Bajo los 26 años de mandato de Álvarez, todo un paradigma de renovación y desapego, la UGT catalana ha abandonado la tradicional identidad integradora ligada al origen migrante de muchos de sus afiliados para volcarse en respaldo de las tesis nacionalistas; actualmente tiene a dos dirigentes en el Gabinete independentista de Puigdemont y a bastantes más en cargos administrativos. El propio Álvarez, aunque no se declara favorable a la secesión, se manifiesta en sintonía con el resto de las reclamaciones del soberanismo, que pasan esencialmente por disminuir la aportación de Cataluña al Estado. Entre otras la contribución fiscal gracias a la que se pagan los subsidios de los parados andaluces, extremeños o gallegos, a los que debería revelar cuanto antes que son catalanófobos sin saberlo. Y ya de paso convencerlos de que es la solidaridad de clase la que le impulsa a postular la modificación de los mecanismos igualitarios que garantizan la cohesión de los servicios sociales.

Estaría bien que, dada su convicción sobre la conveniencia de preguntar a los catalanes si desean continuar en España, el nuevo líder ugetista efectuase también una consulta al respecto entre los militantes de la organización entera. Siquiera sin efectos vinculantes, sólo para saber qué opinan los trabajadores sobre el presunto derecho a decidir de un sujeto político soberano exclusivo de los ciudadanos de Cataluña. O sobre la posibilidad de que tengan que sacar el pasaporte para ir a ver a sus nietos en la periferia de Barcelona. O sobre la desconexión de las empresas catalanas de la caja común de pensiones. Y que les explique, si puede, que el máximo dirigente de un sindicato de izquierdas no siente contradicción ideológica alguna por empatizar con una rebelión -esa sí xenófoba- de ricos contra pobres.

Ignacio Camacho ( ABC )

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*