Caudillo

pabloigle

Caudillo.

¿Qué queda si uno pone entre paréntesis el retórico «de izquierdas», adherido a «populismo», en las prácticas políticas de Podemos? Queda la blindada centralización decisoria. No ya en una dirección política con modos de secta. En una sola persona, a cuya imagen y virtudes se identifica la fidelidad del proyecto. Así se hizo con un Mussolini trocado en arquetipo. Así, con un Hitler mitificado por radio y cine. Así fue con Perón y, por delegación, con sus cómicos sucesores. Así lo blindó en amalgama político-militar Hugo Chávez, bajo la inspiración de Castro. En español tiene un nombre: «caudillo». Haber sufrido esa jerga durante cuarenta años vacunó a mi generación frente a tales horteradas. Pero la frustración es hoy más fuerte que la memoria. Y el caudillismo está de vuelta.

¿Qué necesita un caudillo para completar su destino de hombre providencial que a nadie rinde cuentas? Antes que nada, necesita los aparatos del Estado que sirven para producir sentido verbal y, con él, conciencia sierva. Básicamente son dos: policía política y control mediático. ¿Sobre qué exige asentar Iglesias cualquier acuerdo político? Nadie lo acusará de ocultarlo: a) ocupación innegociable de una vicepresidencia con control pleno de los servicios secretos; b) potestad absoluta sobre la televisión pública y, por extensión, sobre el conjunto de la galaxia mediática. Policía política más imagen. Lo demás no importa. Bienvenido, caudillo.

Gabriel Albiac ( ABC )

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