CIUDADANOS: DEL DESNUDO A LA TAPADA

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CIUDADANOS: DEL DESNUDO A LA TAPADA

Ciudadanos sigue a día de hoy sin ser mucho más que la imagen ubicua de Albert Rivera. Hay, sí, una buena marca y un buen líder, pero partido no hay. Y menos en Barcelona, tras la fuga en pleno de la dirección con rumbo al Congreso de los Diputados, dejando allí a Arrimadas, que mide hasta las comas de sus tuits para no molestar. Su base electoral está formada por la izquierda sociológica que habita en los distritos periféricos de Barcelona. Al mismo tiempo resulta ser el partido cuyos programas son inspirados por ‘think tanks’ de muy ortodoxa obediencia liberal con sede en el centro de Madrid. Agua y aceite, la paradoja que algún día podría explotarle en las urnas.

La clave fue el gol de Iniesta. Y es que, apenas un año antes, Albert Rivera Díaz estaba muerto. Muerto y bien muerto. Tan meteórica como efímera, su carrera política acababa de pasar de la nada, cuando las cotidianas reyertas intestinas con los otros dos diputados regionales de un minúsculo partidito local alumbrado con manifiesta vocación de jaula de grillos, a la más absoluta de las miserias, tras haber cosechado en las Europeas de 2009 aquella coalición con Declan Ganley -el multimillonario patrón irlandés de Libertas- apenas 22.903 miserables votos en toda España. Parecía el fin. Y lo tendría que haber sido. Las peticiones de baja llegaban a la sede central (y única) por docenas cada día.

Los fundadores, con apenas tres significativas excepciones, ya habían puesto tierra por medio desde algo antes. UPyD, estaba claro para casi todos ellos, era el radiante futuro del regeneracionismo centrado con afán de bisagra. Y Rivera, a sus ojos, un bisoño cadáver insepulto con el que convenía no dejarse ver demasiado en público. Pero entonces marcó Iniesta. Avanzada la prórroga, ya en el minuto 116 del encuentro, Cesc cuelga un balón en el área y el manchego, rápido de reflejos, dispara a bocajarro, aunque no sin antes dejar botar el balón en el suelo para así mejor calibrar la trayectoria precisa del tiro. Después, el delirio.

Por primera vez desde el asedio de las Islas Carolinas por las cañoneras de la Armada del Imperio Germánico a instancias de Bismarck, el patriotismo español iba a enseñorearse de las calles de Barcelona entre gritos de júbilo y masivo ondear de banderas rojigualdas. Nadie en la plaza recordaba algo igual. Nadie, ni los más viejos. Aquello fue el 11 de julio. Y un día antes, el 10, se había celebrado en la misma Barcelona la gran manifestación catalanista en repudio de la sentencia del Constitucional sobre el Estatut, concentración que acabaría con el entonces presidente de la Generalitat, José Montilla, refugiado en la sede de la Consejería de Justicia (un edificio sito en la calle Caspe, en el mismo lugar donde Rajoy y el resto del Gobierno fueron acosados e increpados por los activistas de la ANC), tras verse rodeado por centenares de separatistas cerriles que, por lo demás, exhibían ánimos inequívocos hacia su persona. Los historiadores del futuro, con toda seguridad, mencionarán esa fecha y esa bullanga tumultuaria cuando tengan que buscar el instante germinal de lo que al poco comenzaría a ser conocido por todos como el procés.

José García Domínguez ( El Mundo